Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Proceso de escritura, nueva versión 2°


Miércoles 6 de julio del 2011
Traté de decidirme a ver si se soltaba, pero insistía en asirse a mí. Por días ¡Qué va! ¡Por semanas! Se quedó, presente ella ahí, al lado mío. Curioso cómo muchas veces resulta indescriptiblemente más difícil generar esa idea que al menos logre alcanzar a la palabra “agrado” qué escribir a partir de ella. Incertidumbre humana, duda, más normal que ocurra que  lo contrario ¡Dichosos aquellos que transcurren por el sendero de la vida a paso firme y sin mirar atrás!
Después de todo,  me parece lógico intentar con la idea que tarde o temprano –pero siempre- terminaba acudiendo a mi mente, y es que es algo que me interesaría mucho explorar, el viaje de una persona hacia su interior, lucha constante, cotidiana, entre el ello y el superyó. Rabiosa revuelta en la cuál perdés si te distrajiste nada más que un segundo –aunque habría que ver si al final no es mejor perder, al menos por un ratito-.
La acosadora ocurrencia es sobre una chica con desórdenes alimenticios. Más bien, anorexia. Me gustó no sólo por lo que implica en la persona sino también hoy día en nuestra sociedad. También el hecho de que se expresen mucho por internet –pensé- me ayudaría mucho a tener información de primera mano, de vivencias diarias, así como también podría ver si encuentro historias clínicas. En fin, información no me falta, ganas tampoco, a ver si sale.
Ya está ¿Viste? Me decidí al menos por ahora, largáte y no aparezcas hasta que te llame si te necesito.

Martes 12 de julio del 2011
Creo que el curioso aspecto de la duda no es el pender infinito sobre la mente, ni el hacernos interrogarnos hasta el cansancio, ni su fluir eterno, incansable, inexorable. Tampoco lo es la serpenteante, atrevida manera que posee de amalgamarse a lo diario, a lo cotidiano. He aquí lo curioso: ¿Cómo es que su omnipresencia permite aún al hombre evitarla? Cuestionarse, sí, pero no hacer nada. Preguntarse, dudar, e inclusive así abandonarse a lo azaroso. Quizás la pereza sea más fuerte, quizás para la mayoría es soportable o inclusive, inevitable convivir con ella sin saciarla ¿Cuántas veces quisiste saber cosas y no te atropellaste por averiguarlas? ¿Cuántas surgió el cuestionamiento y fue más fácil retozar en la ignorancia que intentar develarlo?
Creo que esa es una de las primeras cosas que se plantó frente a mí, no dispuesta a torcer el brazo hasta que lo admitiese. Las innumerables veces que el interés aparece, la cantidad de cosas sobre las cuáles a uno le gustaría tener respuestas y sin embargo no siempre conviven el tiempo, las ganas, la dedicación y la fuente. Así que puedo afirmar, convencida, que muchas veces la obligación aparece cómo necesaria. Cómo necesaria en sí y también en cuánto se ocupa de que hagamos algo para lo cual, quizás entre excusas, nunca encontraríamos el tiempo necesario.
Mi actual situación se presenta cómo placentera, tan distinta a la anterior de tomar una decisión que me conforme. La investigación se enriquece, las fuentes no son mezquinas e inclusive puedo escribir –medianamente encubierta, claro está- y obtener información de primera mano. Lo encuentro interesante, excesivamente intrigante y con una pizca de incertidumbre raspándome por dentro. Ya decidí que va a ser en primera persona, no creo que exista otra manera de escribir algo tan extenso (cualitativamente) por el hecho de conllevar una gran carga psicológica. Mis últimas decisiones serán: ¿Edad? (más que nada referiría a ver si la protagonista convive o no con sus padres). Y lo que creo que se definirá mientras escriba es la mirada que la protagonista va a tener; ya que mediante la lectura de los blogs, descubrí que hay diversas maneras de encarar la enfermedad. Algunas ostentan la bandera, orgullosas. Otras no tanto. También están las que quieren superarlo y las que no (que no siempre es directamente proporcional a lo anterior) y así. Es decir, tengo que construirla y no estoy segura de cual me atraiga más. Queda seguir leyendo y empezar a escribir a ver si al menos comienza a delinearse…

Martes 19 de julio del 2011
El boceto que hice resumiendo un poco la lectura de blogs y después de haber visto un par de documentales, es el siguiente.
BULIMIA: Desorden alimenticio en el cual por comer poco la persona se da seguidos atracones que le provocan extrema culpa lo que la lleva a inducirse el vómito.
ANOREXIA: Desorden alimenticio en el cual la persona trata de comer cada vez menos intentando llegar al punto de no comer. Finalmente causa inanición. Es mayor causa de muerte que la bulimia.
*A menudo se dan combinaciones de ambos trastornos, no se encuentran perfectamente delimitados.
Ejes de la actitud del personaje:
-Anoréxica
-Excesivo conteo calórico diario
-Preocupación porque otros noten su desorden
-Terror a comer en público
-Esporádicos atracones asociados a factores emocionales
-Atención al peso de los demás
-Eventos importantes asociados a la vida diaria son vistos como metas para verse más delgada
-Desagrado ante quiénes no controlan su peso
-Soporte moral en imágenes de extrema delgadez
-Nunca hay una meta final, siempre se desea bajar más
-Distorsión de la imagen, siempre se ve con más peso del que posee, cuánto más desciende el peso, más se distorsiona la imagen
-Depresión inmediatamente asociada a la enfermedad, nunca se llega a un punto de satisfacción, sólo empeora
-Deseo de recuperarse pero a su vez de no hacerlo porque no quiere subir de peso
-Problemas afectivos y emocionales inmediatamente unidos al régimen diario, disconformidad en todos los puntos de su vida
Ejes de la actitud de los padres:
-La madre sufre a su vez un trastorno sin que su hija lo note en un principio. Preocupación por que su hija no pase por lo mismo pero a la vez absorta en sí misma -la enfermedad una vez que aparece nunca desaparece del todo-.
-El padre es ajeno a todo, o quiere serlo, aún no lo decidí.

Miércoles 10 de agosto del 2011
El boceto fue lo último que realicé antes de comenzar a escribir, porque sabía que si no empezaba nunca iba a terminar de decidirme. Si continuaba buscando información, tampoco. Lo increíble de la temática que seleccioné es –y voy a continuar diciéndolo- la inacabable información que se puede encontrar. Es tan plural y singular a la vez. Millones de personas viviéndolo, sufriéndolo a diario, tantos comportamientos comunes y a la vez tantas maneras particulares de encarar la enfermedad. Dice mucho de uno.
 Me gusta empezar a escribir para ver cómo va quedando así decido si dejar o sacar cosas. Además el hecho mismo de escribir hace que nazcan ideas que quizás de la nada nunca se me habrían ocurrido.
A partir del segundo párrafo ya había decidido, por ejemplo, que la chica rondaría unos veintitantos y viviría sola, sin la presencia paterna. Me pareció muy cliché el escribir acerca de cómo se esconde de sus padres para tirar la comida o alega malestar para no comer. También la idea del padre siempre indiferente, o el culpar a la madre que tiene desorden y por eso la hija también, no me gustó, no terminaba de cerrarme, así que me decidí por una amistad que fue -por causa del desorden alimenticio de la protagonista- y de un “amor”, viciado, irreal, que puede ser. Que por la carga psicológica y emocional que dicho desorden conlleva, no puede ser nunca verdadero, la persona no se permite amar al odiarse tanto a sí misma y al creer que provoca desagrado en los demás. La única manera de que ella lo acepte y considere sería el que ella vislumbra, que no va a ser querida por otro, que este se le aparece cómo apacible, que sólo va a estar ahí, que ni se da cuenta de la enfermedad de ella, que no va a intentar internarla ni curarla.
Por otro lado la idea principal durante el texto que me propuse y me gustó fue la de la anorexia en sí, que es vista como una confidente por la protagonista, con la que se ama y se odia a la vez, de a ratos. También la idea de la comida cómo la principal enemiga siempre presente, buscando “llamar la atención” de la protagonista, hacerla caer en la tentación. A su vez se da un enfrentamiento entre ellas y con la protagonista en la que ninguna es vencedora definitiva, siempre hay una constante tensión que es la que termina agotando a los enfermos de anorexia, y la cual lleva a la depresión, a veces al suicidio.
La principal razón por la que elegí la anorexia cómo tema del proyecto de fin de cuatrimestre fue que lo que más me atrae a la hora de pensar en el viaje es la existencia de distintas clases de viajeros en cuanto el interior, el pensamiento de cada uno es un viaje –si uno quiere- interminable, en el cual no se puede viajar acompañado. Y enfermedades cómo estas me llaman aún más la atención porque son provocadas e incubadas en la sociedad pero, a la hora de atravesarlas, se viaja solo.

Domingo 21  de agosto del 2011
A la hora de buscar lecturas para que me acompañen en la escritura del proyecto narrativo, se nos permitió elegir uno de los autores que se encontraban en el cuadernillo de consignas de “Viaje y escritura”. Acá viene una confesión, y es que creí que sólo podía ser uno de los tres de los cuáles habíamos leído breves cuentos. A saber, Borges, Carver y Chéjov. Así que revisé un poco de sus biografías, leí comentarios de algunas obras y decidí que Chéjov era el que más me iba a gustar leer y elegí “La Gaviota”. Acá viene la segunda confesión, era una obra de teatro, más precisamente una comedia así que realmente no me acompañó mucho ni aportó tanto. Por otro lado, Emilia me había sugerido que leyera “Contra la pared” de Belén Rizzo y puedo decir que me sirvió bastante más que mi mala elección de Carver, será por la manera de escribir, será por la selección de un tema similar o de un personaje joven, femenino, frustrado, pero sí, me acompañó más.
Luego de la primera lectura de los proyectos, Claudia –la coordinadora del taller-  me hizo una sugerencia de que quizás el autor que más me habría ayudado en el proceso era Kafka y me quedé pensando en eso, de haber leído la metamofosis más de una vez buscándole significados distintos. De haberla leído por primera vez a los doce años y habérmela pasado días enteros preguntándole a mi papá que significaba esto o aquello (significados que ahora, con un par de añitos más, veo que no son universales ni únicos). En fin, lo que quería aclarar o señalar, es que me atrapan mucho las historias contadas de esa forma, de algo no siempre lineal, no siempre tan fácil de ser reconocido  y encontrado. Lo que me hace querer seguir leyendo es pensar en que se quiso escribir, cómo, por qué, que quiso decir, si quiso decir tan sólo una cosa o varias juntas. Eso fue lo que quise lograr, es la forma en la que a mí (con énfasis en mí) me gusta.

Miércoles 24 de agosto del 2011
Luego de la primera entrega del proyecto narrativo, realizamos lecturas con algunos compañeros de la comisión, en las cuales me dijeron que les costaba encontrar el número de voces o “personajes” que había en el cuento. A partir de eso, las coordinadoras del taller me hicieron una sugerencia, según la cual podría agregar ciertas palabras claves en lugares –también- claves, para dar un cierto efecto de sentido distinto, un tanto más accesible, para que se pudiese vislumbrar sobre que trataba de una manera menos tortuosa ya que me plantearon que quizás quién no conociera el tema del cuento no podría llegar a las mismas conclusiones que ellas.
Por lo tanto se me propuso entregar el texto a alguna persona que no estuviese “empapada” en todo el proceso de producción, y no supiese de qué trataba el texto. Así lo hice con dos compañeros y la devolución fue cercana a lo que me proponía lograr, pero nunca certera. Es decir, vislumbraban una  gran fatiga psicológica,  un problema que va consumiendo en vida a la protagonista, pero no llegaban a notar completamente que se trataba de un desorden alimenticio y menos el hecho de que la anorexia en sí es una protagonista.
A partir de ambos ejercicios releí algunas de mis notas para utilizar palabras que concordasen y que dieran un sentido,  que significasen algo para el tema tratado para así poder ayudar a que el lector arribase a un cierto tipo de entendimiento más general del cuento. No sé si lo habré logrado completamente pero creo que había mucho de cierto allí ya que me propuse varias lecturas minuciosas luego del agregado y me parece que se encuentra un tanto más clarificado o, al menos, más dirigido al tema en cuestión. 

domingo, 21 de agosto de 2011

Proyecto narrativo final


Uno
Álgido malestar recurrente. Subió la calefacción y se volvió a recostar, eventualmente lograría dormirse, único consuelo.
Observó el reloj, se lamentó por lo bajo y descendió un poco más. Ella siempre esperaba, esperaba en todas partes. Era tan paciente… Sabía que en algún momento la tendría, pero no sería tan fácil,  sería tan sutil, iría menoscabando su resistencia cómo siempre hacía. Sabía que al menos sus pensamientos eran de ella, y a eso no había manera de cambiarlo. Y ella también lo sabía, había atravesado –y dedicado- una vida entera tratando de descubrir lo contrario. Siempre enfilaba hacia el mismo resultado y siempre descendía un poco más.

Dos
¿Por qué la miraban? ¿Por qué? ¿Qué era lo que observaban? ¿Qué buscaban? ¿Por qué reían? ¿Cuándo dejarían de reír, de sonreír, de murmurar, de cotillear, de señalar? Sólo entonces quizás lograría dejar de sollozar, de odiar. No podía evitarlo, odiaba. Odiaba intensamente, diariamente, rutinariamente. No era su culpa, la habían hecho odiar, ellos habían logrado que los odie inclusive cuando no los veía. Odiaba tanto… Y no podía siquiera acudir al único consuelo, no podía, sabía que aún peor afloraría el odio, se la tragaría en vida, que paradoja.
Dos en uno, uno en dos, base del pensamiento, acaparador de totalidades ¿Se estaría volviendo idiota? No podían decir que no lo intentaba. Y ella esperando, sonriente, desgraciada, miserable, alimentándose de su desgracia, aprovechando su rencor, insultándola si se acercaba. Dialéctica de su descenso, de su vida.

Tres
Decía que la amaba, decía amarla cada vez más, gozar de su presencia aunque sea en la quietud eterna, en el silencio interminable, en la rabia impredecible, en la histeria no diagnosticable. Decía esperarla hasta cuándo fuese. Decía tomarse su tiempo, que pasa. Decía tanto y nada, callaba tanto como decía. Miraba menos de lo que hablaba. Decía palabras grandes, de compromiso sin compromiso, interminables. Palabras y más palabras. Silencio y más descenso. Decía… Vos no entendés nada, no ves nada, sigo tratando de descifrar que estás buscando en el abismo. Tu eternidad se cae a pedazos enfrente tuyo, se desangra en vida, se abre a la quietud infinita, a la paz inconcebible, se aferra desesperadamente a lo diario, no logra evitar el descenso y vos decís que para siempre. Decís amar y no te das cuenta que no existe, yo no, con ella no, conmigo no, la capacidad se desvaneció hace tiempo, si es que alguna vez hizo presencia. Ella que apareció sin que lo note, que ya me domina, que no me dejaría nunca amarte, que ni a mí misma. No, no estoy nunca sola, eso no es lo que me preocupa.

Cuatro
Las manos, los pies. Adhiriéndose a los muebles, al piso, no la dejaban mover, se aferraban, echaban raíces que nadie movería. Y ella apoderándose cada vez un poco más, haciendo presencia completa, acaparándola, rodeándola. Pero a su vez le hablaba, la calmaba, le decía que era más fácil cobijarse allí, cual suspiro atrapado, le recordaba que nunca le había hecho algún bien salir, que siempre le faltaba más, que la perfección era un trabajo minucioso, lento. No podía salir en ese estado de dejadez, en qué pensaba. Era mejor estarse quieta, sólo mover los ojos para vigilar, para no dejarse vencer, estarse tranquila, moverse lo menos posible, controlarse. Y ella ganaba, siempre más tranquila, más paciente, escondida, aún más guardada, a sabiendas de que el ahínco culminaría en ella, que en algún momento su resistencia flaquearía, que la ansiedad la sobrepasaría, y podría hablar, podría maldecirla. La insultaría por sucumbir a la tentación, por no haberse resistido a ella. Si se estaba quieta ella ganaba, si se movía también. Y ella esperando el momento en que ocurriese para decirle cuánto le desagradaba, todo lo horrible, lo asqueroso que veía, todo lo insoportable, lo inconcebible, lo irreparable, lo instintual que era, claro que nadie la querría así.
 Ella intentaba arreglarlo, de eso se trataba. O al menos lo pensaba. Y en el arreglo, en la ficción aparecía él. Él que se quedaría del otro lado, que se quedaría arriba mientras estaba abajo. Al menos la aceptaba, al fin y al cabo era el único que la veía, que decía admirarla. Él que se contentaba con días de resentimiento, que soportaba las fulminantes miradas en el sopor de la tarde, en la humedad de la noche. Que sabía debía callar, no insistir, no intentar razonar. Cuánto más se acercaba más la distancia lo exprimía, y allí estaba.
La vez que intentó acercar una mano, el llanto, la luz asqueada en sus ojos. La repulsión tintineante, repicando a diario. Y allí estaba. De algo valdría, serían tres.
Serían tres porque eso era lo único bueno en él, no intentaría librarla, rescatarla de dónde no se rescata, escuchar dónde no se oye nada. Encontrar algo dónde no se busca, no se mira, no se dice, no se calla. Yacería allí, expectante, cómo ella. Imperturbable, sin comprensión de nada, impasible, fuera de todo entendimiento, sin ella, con ella.
Largo era el tiempo para decidirse, él siempre esperaba, infinito, manipulable, previsible. Intentaría dormir un poco ahora que sus ánimos estaban más calmados. Intentaría no pensar, que gracia.

Cinco
¡Las nueve! Y el despertador no había sonado. Se vistió deprisa, que lindo se veía. Se maquilló, intentó tapar esos surcos desagradables ¡Los dientes! Ojalá nadie se acercase mucho, no podía esconderlo. Podría intentar con un chicle, o mejor no. Conteo, conteo, conteo, conteo, no. Y qué lindo se veía, mejor no. Y ella esperando, no. Y el agradable vacío, la quemazón invadiéndola por dentro, punto culmine de su escalada, mejor no.
Siempre con la estúpida mueca, con esa mirada que para qué amiga, que para qué compañía, que para qué, para qué. Estúpida ella, podría haber ido sola…
Y caminó en su silencio, y en su silencio la insultó, la ruta inmejorable que era mejor recorrer hablando que observando, que era mejor llenar con nimiedades para que la vigilancia no hiciera presencia. Y ella seguía sin entender cómo esa amistad se había ido menoscabando, y hacía preguntas, y se acercaba. Si supiera que con eso se alejaba, que con eso diferenciaba, invitaba al abismo, al odio, ese odio. Si supiera que ella descendía sola,  que no había manera de acompañar, que no entenderías, que no podrías aunque quisieses. Que alguna vez lo intenté y te cerraste en la ignorancia, y salí abatida, supe que allí ya no había nada. Yo lo había arriesgado todo, había intentado introducirte en el camino de unos pocos, había creído en vos, en tu capacidad. Y vos no lo entendiste, intentaste reparar, menudo error.

Seis
El sudor que recorría su frente y la incomodidad ante el tumulto de gente la hicieron retroceder, repensar, y que para qué había ido. Podría haberse atrincherado en casa pero no, decidió hacerse la superada, decidió que no era para tanto, un momento que duró 7 minutos. Y miraban, y recorrían su rostro, y miraban, y cada vez más rápido, y susurraban, y las inmensas gotas se unían en el mar tempestuoso. Y que ella no estaba preparada, no con tanta gente, con tantos ojos. Quería observar sin ser observada, juzgar sin ser juzgada. Enfiló rápidamente hacia el baño y ya no era lindo, era asqueroso. El breve momento en qué se encontró soportable se había desvanecido, se había esfumado en cuánto había atravesado el umbral de su casa. Recorrió su cuerpo encontrando nada más que desidia. Trató de encontrar un ápice al cual asirse, una partecita soportable a la cual recordar. Que este corazón pare, latía a mil. Había hecho una elección, eligió no sentir antes que estallar. Había elegido, y había sido ella. No había estado sola, pero de todas formas había sido ella, no podía llorar por algo autoprovocado, no podía gritar si sabía que en el final, era su decisión. Tan culpable como ella misma no había otra. Y eso no le permitía llorar, y por eso le estallaba el pecho. Todo lo contenido, todo lo por venir, todo lo vivido y lo abandonado, lo deseado. Lo suyo pasando frente a sus ojos, y ella buscando el exilio definitivo, el momento en que nadie más la recordase, la molestase, perturbase su búsqueda. Ella no quería eso, quería otra cosa, quería más que nadie  y a la vez tan poco ¿Y cómo podría alejarla? Siempre había sido compañía, hasta en los momentos más solitarios, a cualquier hora, bajo cualquier condición, para recordárselo, para acompañarla en el descenso. Para demostrar lo inalcanzable, a lo que pocos accedían, los elegidos, los amigos del esfuerzo, de la pasión. Mejores que el resto, superiores a todos. Expirando los sueños de todos, aspirando a lo que nadie sabía. Sollozando cuándo nadie miraba. Contando cuándo nadie veía. Mirando lo que nadie conocía, odiando. Altaneros cómo ninguno, con más miedo que nadie pero envidiados finalmente, quién no deseaba ser cómo ellos. Quién no daría lo que fuera. Ella, sin duda.
Era su confidente, aunque dijesen lo contrario, sin ella la mediocridad afloraría, sería una más del montón. Le indicaba los invaluables secretos, la rozaba continuamente susurrando palabras para unos pocos. Había sido seleccionada y por ello estaba orgullosa, por ello lucharía, por ello se esforzaba a diario, se restringía a diario. Por eso se odiaba, cuándo no era lo suficientemente capaz, lo suficientemente fuerte, cuando no estaba a la altura de tamaño reconocimiento. Y ella que la miraba cómo si fuese menos, y él que la miraba y no lo veía pero no intentaba nada. Y ella que le decía cómo eran, que le decía alejarla, le decía, le gritaba, la insultaba, la amaba, la descendía, estaba. Estaba siempre. Estaba en todos lados. La hacía odiar, pensar, contar, juzgar, observar, elegir, la hacía superior, se hacían una en dos. Nunca dejaría que la alejasen, nunca podrían porque ella la acompañaba en el descenso, porque ella era lo único que aún contaba, por lo cual vivía ¿Cómo podrían hablar de eso cuándo ella era quién lo evitaba? Probada ignorancia, no podía escucharlos en su mediocridad, en su conformismo exasperante, en su rutinaria asfixia. Ciegos, incapaces de reconocer siquiera que los poseía enteramente, que los dominaba. Ella era de las pocas que lograba vencerla, alejarla aunque fuera casi siempre. Aunque la llamase más que a los otros, aunque todo su ahínco fuera puesto para socavar todo por lo cual luchaba y vivía, aunque quisiera confrontarlas. Y a ellos los tenía tan atrapados que no podían verlo, ciegos, rumiando incansablemente palabras sin sentido, tratando de disminuirla porque ellos eran menos, eran nada.


Siete
Hace días venía gritando cada vez más fuerte. Hace tantos días gritaba que ya se había conformado en un silbido constante, taladrando su mente, sus fuerzas. Si quería ser sincera, la pelea la agotaba. La angustiaba a tal punto que ya de ella no quedaba tanto, sólo las ganas de. Pero de ser, nada. La miseria inacabable en la que estaba sumergida pidió un descanso. Así que miró, siempre miraba. Miraba, pero no tocaba. Y no, y él, y… ¿Habría otro? Y ellos, y si igual la miraban, nunca sería bastante. Y lo lindo, si igual ya estaba feo ¿Y la lucha? Y si ya estaba agotada, si ya no daba más ¿Y lo que venía después? Y si ya lo estaba viviendo ahora ¿Qué de lo que vivía ahora? ¿Qué de eso? ¿Cuándo vendría el reconocimiento? ¿Cuándo lograría acercarse, siquiera?
Abrió la alacena. A sabiendas de que después no habría vuelta atrás, que se arrepentiría media vida. Pero ya no resistía. Y ella le gritó, advirtió, dijo que para qué todo, que no tenía sentido, que ya estaba un asco así, que por qué arruinarlo, que se mirase al espejo, que se contuviese, que qué había de la ruta en camino a la perfección, que no, no.
Agarró una, la pasó sin siquiera sentirla, agarró otras, y más. Mientras sollozaba, mientras se odiaba, hasta acabar la última, aunque ya le doliese la garganta. Hace tanto no percibía tal descontrol. Se miró el estómago y estaba deforme, hinchado. Se miró la cadera, y estaba más ancha. Y ella gritándole, la vergüenza, la debilidad, la mediocridad. Y ella contenta de su debilidad, la había escuchado, había sucumbido. Y ella desesperada del dolor y del fracaso, del arrepentimiento, con la vista nublada del llanto.
A tropezones se dirigió hacia el botiquín, debía calmarlo, debía calmar todo eso que brotaba desde adentro, debía silenciarlas, ya no las aguantaba, no escuchar, no sentir, no pensar. El asco que se daba, lo odiada que era, la repulsión autoprovocada.
Brotó cómo un inmenso mar de paz, de dolor atenuado, de desesperación líquida, corriendo entre sus dedos, sintiéndose tan tibia, tan serena, tan liberada. Se sentó en una esquina del baño dejándola correr.
Tan aplacado, y ellas, calladas. Y ella, sin pensar, aunque por una milésima de segundo fuera. En pausa infinita.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Continuación II

Serían tres porque eso era lo único bueno en él, no intentaría librarla, rescatarla de dónde no se rescata, escuchar dónde no se oye nada. Encontrar algo dónde no se busca, no se mira, no se dice, no se calla. Yacería allí, expectante, cómo ella. Imperturbable, sin comprensión de nada, impasible, fuera de todo entendimiento, sin ella, con ella.
Largo era el tiempo para decidirse, él siempre esperaba, infinito, manipulable, previsible. Intentaría dormir un poco ahora que sus ánimos estaban más calmados. Intentaría no pensar, que gracia.
¡Las nueve! Y el despertador no había sonado. Se vistió deprisa, que lindo se veía. Se maquilló, intentó tapar esos surcos desagradables ¡Los dientes! Ojalá nadie se acercase mucho. Podría intentar con un chicle, o mejor no. Conteo, conteo, conteo, conteo, no. Y qué lindo se veía, mejor no. Y ella esperando, no. Y el agradable vacío, punto culmine de su escalada, no.
Siempre con la estúpida mueca, con esa mirada que para qué amiga, que para qué compañía, que para qué, para qué. Estúpida ella, podría haber ido sola…
Y caminó en su silencio, y en silencio la insultó, la ruta inmejorable que era mejor recorrer hablando que observando, que era mejor llenar con nimiedades para que la vigilancia no hiciera presencia. Y ella seguía sin entender cómo esa amistad se había ido menoscabando, y hacía preguntas, y se acercaba. Si supiera que con eso se alejaba, que con eso diferenciaba, invitaba al abismo, al odio, ese odio. Si supiera que ella descendía sola,  que no había manera de acompañar, que no entenderías, que no podrías aunque quisieses. Que alguna vez lo intenté y te cerraste en la ignorancia, y salí abatida, supe que allí ya no había nada. Yo lo había arriesgado todo, había creído en vos. Y vos intentaste reparar, menudo error.
El sudor que recorría su frente y la incomodidad ante el tumulto de gente la hicieron retroceder, repensar, y que para qué había ido. Podría haberse atrincherado en casa pero no, decidió hacerse la superada, decidió que no era para tanto, un momento que duró 7 minutos. Y miraban, y recorrían su rostro, y miraban, y cada vez más rápido, y susurraban, y las inmensas gotas se unían en el mar tempestuoso. Y que ella no estaba preparada, no con tanta gente, con tantos ojos. Quería observar sin ser observada, juzgar sin ser juzgada. Enfiló rápidamente hacia el baño y ya no era lindo, era asqueroso. Recorrió su cuerpo encontrando nada más que desidia. Trató de encontrar un ápice al cual asirse, una partecita soportable a la cual recordar. Que este corazón pare, latía a mil. Había hecho una elección, eligió no sentir antes que estallar. Había elegido, y había sido ella. No había estado sola, pero de todas formas había sido ella, no podía llorar por algo autoprovocado, no podía gritar si sabía que en el final, era su decisión. Tan culpable como ella misma no había otra. Y eso no le permitía llorar, y por eso le estallaba el pecho. Todo lo contenido, todo lo por venir, todo lo vivido y lo abandonado. Lo suyo pasando frente a sus ojos, y ella buscando el exilio definitivo, el momento en que nadie más la recordase, la molestase, perturbase su búsqueda. Ella no quería eso, quería otra cosa, quería más que nadie  y a la vez tan poco ¿Y cómo podría alejarla? Siempre había sido compañía, hasta en los momentos más solitarios, a cualquier hora, bajo cualquier condición, para recordárselo, para acompañarla en el descenso. Para demostrar lo inalcanzable, a lo que pocos accedían, los elegidos, los amigos del esfuerzo, de la pasión. Mejores que el resto, superiores a todos. Expirando los sueños de todos, aspirando a lo que nadie sabía. Sollozando cuándo nadie miraba. Mirando lo que nadie conocía, odiando. Altaneros cómo ninguno, con más miedo que nadie pero envidiados finalmente, quién no deseaba ser cómo ellos. Quién no daría lo que fuera. Ella, sin duda.

Era su confidente, aunque dijesen lo contrario, sin ella la mediocridad afloraría. Le indicaba los invaluables secretos, la rozaba continuamente susurrando palabras para unos pocos. Había sido seleccionada y por ello estaba orgullosa, por ello lucharía. Por eso se odiaba, cuándo no era lo suficientemente capaz, lo suficientemente fuerte, cuando no estaba a la altura de tamaño reconocimiento. Y ella que la miraba cómo si fuese menos, y él que la miraba y no lo veía pero no intentaba nada. Y ella que le decía cómo eran, que le decía alejarla, le decía, le gritaba, la insultaba, la amaba, la descendía, estaba. Estaba siempre. Estaba en todos lados. La hacía odiar, pensar, contar, juzgar, observar, elegir, la hacía superior, se hacían una en dos. Nunca dejaría que la alejasen, nunca podrían porque ella la acompañaba en el descenso, porque ella era lo único que aún contaba, por lo cual vivía ¿Cómo podrían hablar de eso cuándo ella era quién lo evitaba? Probada ignorancia, no podía escucharlos en su mediocridad, en su conformismo exasperante, en su rutinaria asfixia. Ciegos, incapaces de reconocer siquiera que los poseía enteramente, que ella era de las pocas que lograba vencerla, alejarla aunque fuera casi siempre. Aunque la llamase más que a los otros, aunque todo su ahínco fuera puesto para socavar todo por lo cual luchaba y vivía, aunque quisiera confrontarlas. Y a ellos los tenía tan atrapados que no podían verlo, ciegos, rumiando incansablemente palabras sin sentido, tratando de disminuirla porque ellos eran menos, eran nada.

jueves, 28 de julio de 2011

Continuación

Decía que la amaba, decía amarla cada vez más, gozar de su presencia aunque sea en la quietud eterna, en el silencio interminable, en la rabia impredecible, en la histeria no diagnosticable. Decía esperarla hasta cuándo fuese. Decía tomarse su tiempo, que pasa. Decía tanto y nada, callaba tanto como decía. Miraba menos de lo que hablaba. Decía palabras grandes, de compromiso sin compromiso, interminables. Palabras y más palabras. Silencio y más descenso. Decía… Vos no entendés nada, no ves nada, sigo tratando de descifrar que estás buscando en el abismo. Tu eternidad se cae a pedazos enfrente tuyo, se desangra en vida, se abre a la quietud infinita, a la paz inconcebible, se aferra desesperadamente a lo diario, no logra evitar el descenso y vos decís que para siempre. Decís amar y no te das cuenta que no existe, yo no, con ella no, conmigo no, la capacidad se desvaneció hace tiempo, si es que alguna vez hizo presencia. No, no estoy nunca sola, eso no es lo que me preocupa.
Las manos, los pies. Adhiriéndose a los muebles, al piso, no la dejaban mover, se aferraban, echaban raíces que nadie movería. Y era más fácil cobijarse allí, cual suspiro atrapado. Era mejor estarse quieta, sólo mover los ojos para vigilar, estarse tranquila, moverse lo menos posible. Y ella ganaba, siempre más tranquila, más paciente, escondida, aún más guardada, a sabiendas de que el ahínco culminaría en ella, y podría hablar, maldecir. Si se estaba quieta ganaba, si se movía también. Podía decirle cuánto le desagradaba, todo lo horrible, lo asqueroso que veía, todo lo insoportable, lo inconcebible, lo irreparable.
 Ella intentaba arreglarlo, de eso se trataba. O al menos lo pensaba. Y en el arreglo, en la ficción aparecía él. Él que se quedaría del otro lado, que se quedaría arriba mientras estaba abajo. Al menos la aceptaba, al fin y al cabo era el único que la veía, que decía admirarla. Él que se contentaba con días de resentimiento, que soportaba las fulminantes miradas en el sopor de la tarde, en la humedad de la noche. Que sabía debía callar, no insistir, no intentar razonar. Cuánto más se acercaba más la distancia lo exprimía, y allí estaba.
La vez que intentó acercar una mano, el llanto, la luz asqueada en sus ojos. La repulsión tintineante, repicando a diario. Y allí estaba. De algo valdría, serían tres.

domingo, 24 de julio de 2011

Comienzos

Álgido malestar recurrente. Subió la calefacción y se volvió a recostar, eventualmente lograría dormirse, único consuelo.
Observó el reloj, se lamentó por lo bajo y descendió un poco más. Ella siempre esperaba, esperaba en todas partes. Era tan paciente… Sabía que en algún momento la tendría, pero no sería tan fácil,  sería tan sutil. Sabía que al menos sus pensamientos eran de ella, y a eso no había manera de cambiarlo. Y ella también lo sabía, había atravesado –y dedicado- una vida entera tratando de descubrir lo contrario. Siempre enfilaba hacia el mismo resultado y siempre descendía un poco más.
¿Por qué la miraban? ¿Por qué? ¿Qué era lo que observaban? ¿Qué buscaban? ¿Por qué reían? ¿Cuándo dejarían de reír, de sonreír, de murmurar, de cotillear, de señalar? Sólo entonces quizás lograría dejar de sollozar, de odiar. No podía evitarlo, odiaba. Odiaba intensamente, diariamente, rutinariamente. No era su culpa, la habían hecho odiar, ellos habían logrado que los odie inclusive cuando no los veía. Odiaba tanto… Y no podía siquiera acudir al único consuelo, no podía, sabía que aún peor afloraría el odio, se la tragaría en vida.
Dos en uno, uno en dos, base del pensamiento, acaparador de totalidades ¿Se estaría volviendo idiota? No podían decir que no lo intentaba. Y ella esperando, sonriente, desgraciada, miserable, alimentándose de su desgracia, aprovechando su rencor, insultándola si se acercaba. Dialéctica de su descenso, de su vida.

martes, 19 de julio de 2011

Notas para un ensayo

BULIMIA: Desorden alimenticio en el cual por comer poco la persona se da seguidos atracones que le provocan extrema culpa lo que la lleva a inducirse el vómito.
ANOREXIA: Desorden alimenticio en el cual la persona trata de comer cada vez menos intentando llegar al punto de no comer. Es mayor causa de muerte que la bulimia.
*A menudo se dan combinaciones de ambos trastornos, no se encuentran perfectamente delimitados.
Ejes de la actitud del personaje:
-Anoréxica
-Excesivo conteo calórico diario
-Preocupación porque otros noten su desorden
-Terror a comer en público
-Esporádicos atracones asociados a factores emocionales
-Atención al peso de los demás
-Eventos importantes asociados a la vida diaria son vistos como metas para verse más delgada
-Desagrado ante quiénes no controlan su peso
-Soporte moral en imágenes de extrema delgadez
-Nunca hay una meta final, siempre se desea bajar más
-Distorsión de la imagen, siempre se ve con más peso del que posee, cuánto más desciende el peso, más se distorsiona la imagen
-Depresión inmediatamente asociada a la enfermedad, nunca se llega a un punto de satisfacción, sólo empeora
-Deseo de recuperarse pero a su vez de no hacerlo porque no quiere subir de peso
-Problemas afectivos y emocionales inmediatamente unidos al régimen diario, disconformidad en todos los puntos de su vida
Ejes de la actitud de los padres:
-La madre sufre a su vez un trastorno sin que su hija lo note en un principio. Preocupación por que su hija no pase por lo mismo pero a la vez absorta en sí misma -la enfermedad una vez que aparece nunca desaparece del todo-.
-El padre es ajeno a todo, o quiere serlo, aún no lo decidí.

sábado, 11 de junio de 2011

O... ¿Quién te dijo que era como vos creías?

Caminé por todo el perímetro del parque en búsqueda de alguna señal que me familiarizara con el terreno, observé detenidamente cada detalle y en vista de que ya no encontraría nada, me adentré por el único portón visible, bastante nuevo, bastante feo, tenía una estructura extraña, nunca antes vista. Pero lo peor era la casona, aburrida, común, sin terraza y con las columnas más feas que haya visto en mi vida, era simplemente de mal gusto…
Intenté por la puerta principal pero estaba trancada, además de mal gusto cuánta descortesía, quién hubiera pensado, que vergüenza. Igualmente no me resultó tan difícil abandonar esa horrorosa puerta verde, así que decidí probar suerte por la otra puerta que, si no me equivocaba, se hallaba al costado de la casona. No recordaba que el patio hubiera estado pintado de ese color y ¡vea usted que maleza! Cuánto descuido, alguien debía recibir una represalia. Si continuaba mirando, el corazón se me iba a acelerar aún más, mejor entraba a la casa y me tomaba unos mates con Saturnina, seguramente estaría más que feliz de verme, últimamente andaba requiriendo mi atención más que de costumbre, supongo que se sentía muy sola en una casa tan grande.
Había un par de sillas extrañas y un talonario absurdo. Extrañado, imaginé que los hijos de alguna de las criadas habrían estado jugando con ellos. A través del umbral, visualicé una vitrina pero no su brillante contenido así que me acerqué, intrigado. ¡Pero válgame Dios! Esto era el colmo de los colmos, ¿Cómo se supone que podría tomar mate si un inepto lo había colocado dentro de una vitrina? ¿Era esto una especie de juego macabro? ¿Los ingleses lo habrían puesto allí? Mi furia llego a tal punto que salí corriendo de allí, no podía soportarlo, todo era muy extraño, confuso ¿Dónde estaba mi mujer? ¿A dónde se habían ido todos?
Llegué a otra puerta y entré sin pensarlo, debía llegar al fondo de esto. La sala estaba en penumbras, gente extrañamente vestida y niños se hallaban allí, menos mi Saturnina, o las criadas, o quien fuera que yo pudiese llegar a conocer. Había tan solo dos personas iluminadas por quién sabe qué extraño artefacto y una gigantesca ciudad en miniatura. Con un rápido vistazo alcancé a reconocer el cabildo con mucho esfuerzo, era la ciudad de Buenos Aires. Ya no pensaba claramente, la cabeza me daba vueltas y cada cosa que veía me confundía más y más.
Comencé a notar que muchos se daban vuelta para mirarme, supuse que porque estaba parado en el medio del salón así que me senté a tratar de organizar mi mente. De repente, la muchacha iluminada se va. ¡Aaaaarghh! ¡Monstruo! Fue lo primero que atiné a gritar. La muchacha había vuelto pero tomada cómo rehén por dos horrorosas bestias deformes y nadie hacía nada. Jamás había visto bichos tales así que desenfundé mi arma dispuesto a rescatar a la muchacha iluminada. – ¡Papá, ese señor va a matar a los títeres!- fue lo último que escuché.
-Pero escúcheme, me parece que deberían intentar en el hospital o fijarse si no tiene algún tipo de documentación encima que lo identifique antes de llevárselo así cómo así, después de todo el arma era de juguete, no sé si la comisaría será el mejor lugar para el pobre hombre, definitivamente está confundido. –Está más que confundido señor, ¿no ve que está reclamando ser Cornelio Saavedra? El hombre está loco, eso está claro. Lo llevamos y vemos que hacemos con él después, de todas maneras dudo que usted ofrezca su casa para que pase la noche.
Hablaban de mí como si fuese idiota, que me tuviesen inmóvil no implicaba que no pudiese escuchar. Empecé a llorar bajito de la desesperación ¿Cómo iba a encontrar a alguien que me creyese si ni siquiera estaba mi amada Saturnina para reconocerme? Seguramente esta era una estratagema de los ingleses para llevar a cabo la invasión y yo había caído, quién supiera si alguien podría salvarnos ya. ¿Tantos esfuerzos por esta tierra habían sido en vano? ¿Toda la lucha y las muertas no habían servido de nada? La peor impotencia era el haber sido engañado, ni siquiera se me había permitido luchar como se debía, eso porque eran unas ratas traidoras, incapaces de pelear como cualquier hombre que se digne de sí mismo pelearía… Y lo que le habían hecho a mi casa… Y dónde estaba mi mujer… Comencé a llorar por lo bajito, el dolor de mi alma era tal que sentí mi corazón resquebrajarse. 

Remontando

En 1921 nacía lo que hoy sería el actual museo Cornelio Saavedra bajo el nombre de Museo Municipal de Buenos Aires en  avenida Corrientes al 939, mayormente creado gracias al desinteresado aporte de Ricardo Zemborain quien generosamente legó todas sus colecciones artísticas e históricas para dicho fin.
Dicho museo debió ser mudado previamente  de tres locaciones antes de que, en 1941, la Comisión Interventora de Vecinos del Concejo Deliberante decidiese asentarlo definitivamente en la gran chacra que perteneció al sobrino de Cornelio Saavedra y por tanto pasó a llevar el nombre de dicho prócer. Esto provocó algunos enfrentamientos y polémicas ya que ahora las colecciones y la disposición del museo en general debían girar en torno a la personalidad de Saavedra cuando originalmente el museo buscaba exponer la historia de la ciudad de Buenos Aires desde su fundación hasta el día de hoy. En 1947 se decidió la fusión definitiva y el museo recuperó su patrimonio. Hoy, las salas tratan de aproximarnos a la vida cotidiana de la ciudad de Buenos Aires durante el siglo XIX y a los principales acontecimientos de toda índole de la época, proponiendo diversas reflexiones, invitándonos a pensar y a no olvidar. Las salas permanentes están conformadas por sus colecciones de platería, mobiliarios y objetos de arte y decorativos, peinetones y alhajas femeninas, vestimenta y costumbres y una última conformada por platería rural. También se pueden encontrar testimonios de la liberación de las colonias de Sudamérica, el proceso de la Confederación Argentina, la historia monetaria argentina con una extensa colección y una sala con infinidad de armas de uso civil y militar.
La arquitectura del lugar me había llamado la atención en mi primera visita y por lo tanto me desalentó un tanto enterarme de que originalmente esa no había sido su verdadera fachada ya que la gran casona se había construido en 1870-80 y había sido modificada para adaptarse al período correspondiente a la primera mitad del siglo XIX para adecuarla más a lo que ella albergaba en su interior. Hoy día es una gran casona en forma de U que se halla en el medio de una verde explanada en la que se pueden encontrar viejos cañones roídos por el viento y una fuente que no me extraña que esté seca, el lugar parece en constante y solitario reposo.
Pero el mobiliario inmóvil no es el único atractivo del museo ya que en él se presenta una compañía de teatro e investigación histórica que fue fundada en 1995 y que ha ido estrenado obras hasta llegar a las 17. Dichas obras se reponen constantemente y han sido reconocidas por el Fondo Nacional de las Artes  y el Instituto Nacional del teatro. Orgullosos, se atribuyen la creación de un nuevo género que combina investigación histórica, teatro y humor conformando así la comedia histórica. El museo tiene infinidad de cosas para ofrecer siempre que uno se encuentre abierto a observarlas realmente.

viernes, 13 de mayo de 2011

Crónica de crónicas

Ya el día puso mala cara cuando se levantó y, al verlo, igualmente decidió ir porque de todas maneras no tenía pinta de ponerse amable, solo esperaba que el desafío no la llevase a una caudalosa tormenta sin fin pero era un riesgo que debía correr si pensaba llevar a cabo la tarea encomendada. Así que se vistió despacito, oteando el pequeño trozo de horizonte que poseía a través de la ventana, esperando encontrar algún indicio celeste al final pero nada, y bueno, mejor eso a que salga el sol y la humedad recuerde al pegajoso verano ya superado y cansador, pensó.
La multitud de gente agolpada en la puerta la alertó, o la extrañó, o ambas. No esperaba encontrar un alma y menos aún dadas las condiciones climáticas así que se decidió por preguntar, que manera más rápida de resolver una duda. ¡Ajá! La respuesta le confirmó sus primeros pensamientos, dado que la apática señora no tenía idea de por dónde se ingresaba al museo, llegó a la brillante conclusión de que no estaban esperando exactamente para entrar y un cartel a su costado la hizo sentir un poco despistada: “Entrada al museo”, y la flecha, así que se burló de sí misma por lo bajo y pagó la simbólica entrada de $1 (un peso) pero no sin antes comentar el gentío del otro lado al señor de la entrada, solo para verificar la teoría, en efecto.
Todos los objetos de plata colocados en su vitrina le hizo pensar en lo distinto de tomar el mate hoy de esos lejanos días en los que nuestro país no estaba definitivamente conformado. El mate y la bombilla, la yerbera y la azucarera, todo de plata ¿signo de poder, mate más sabroso o simplemente una desmedida pasión por lo brillante? Quién sabe, probablemente el  pobre metal haya abundado más que hoy día.
La disposición de variados y elegantes muebles y objetos de salón le recordaban la pequeña historia que le enseñaron en la primaria, las ilustraciones de los libros de suntuosos salones donde se juntaba a la gente que iba a visitarlo a uno, era la cúspide social de la casa, quizá uno tenía vedado el ingreso a otras habitaciones pero no a esa, que sin visitas era prácticamente obsoleta. A todo eso se lo recordaron también las citas de Alberdi en la pared de cómo se debía comportar uno en la visita a la casa ajena, y pensar que uno era juzgado en su completo ser según dicho comportamiento, por quizá una nerviosa primera vez.
Miró lo que seguía con cierto rechazo o, más bien, total rechazo, y vio el “furor de Rosas”, enormes pinturas, Rosas en platos, en peinetas, en cuadros, Rosas en todo y el gran “viva la confederación” por todos lados, más o menos lo mismo de siempre de estos casos sólo que él estaría orgulloso porque su posición no sería de imitador sino más bien de precursor. El siguiente salón no la tentaba mucho, ya le había entrado el gusto por los salones desiertos y el poder mirar a sus anchas lo que quisiese y como quisiese y la mujer sentada que atisbaba por encima del diario rompía la fantasía, no resultaba muy tentador, mostró desinterés y quedó ensimismada con esos aros tan extraños y con esas peinetas extra-large, eran las vitrinas al servicio de la coquetería femenina. Entendió un poco más lo inmensurablemente grande de las peinetas cuando leyó que el creador, la mente detrás de ellas convencía a las damas de que, cuánto más grande fuese la que llevasen en la cabeza, esto esta signo de alcurnia, distinción y clase y cuando no, queriendo demostrar lo que se tiene y lo que uno es (o lo cree o quiere ser), no todo cambió desde aquel entonces hasta hoy.
La infinidad de armas que vio a lo lejos despertó su prematuro interés desde la sala anterior, había más de las que hubiera imaginado y mucho más lindas, también. Les miró una a una las empuñaduras, los detalles, la cantidad de adornos que tenían, el trabajo puesto en ellas, las marcas, los tamaños y supuso que no era la única a la que le había pasado cuando leyó algo que, resumidamente, decía que más allá de la belleza y diseño de cada una, no se debía olvidar que habían sido creadas para matar ni para que habían sido utilizadas y allá arriba vio los fusiles: “utilizado en la guerra de la triple alianza”, “utilizado en la campaña del desierto”. La imagen cambió, ya no vio las armas, vio campos de batalla e inferioridad de condiciones, vio matanza, vio la historia repetirse. Repasó el salón final –con otra silenciosa pero más amable guarda sentada- con boleadoras, espuelas, estribos y monturas y salió medio atolondrada, al fin y al cabo, no había sido tan malo…


miércoles, 4 de mayo de 2011

Visualizar la historia

La realidad es que pensaba entrar cual chico que se ve obligado a completar una tarea, un recorrido en un abrir y cerrar de ojos, un par de anotaciones como para tener algún material y ya, después vendría el desarrollo en casa pero esa idea no me disgustaba, el trago más incómodo ya lo habría pasado al tener que movilizarme hasta el centro cultural y haber recorrido esas infinitas salas con muestras que no llamaban mi atención; y no me habían llamado más de una vez, al punto de que cada vez que volvía a recorrerlas me debatía en la duda de si eran realmente muy malas, el arte visual no era lo mío o si necesitaba experiencia, aprender a catar antes de poder juzgar  -cosa que realmente no creía después de haber visto exposiciones de peluches mutilados, pero era necesario considerar el pensamiento para evitar caer en la “opinióncentrismo”-.

“Historia política, disenso estético”, admito que al leer el título le di una chance, y que al ver que la exposición era de fotografías le di otra. Así que ahí estaba, con salones repletos de historia y alguna que otra preferencia personal por alguno en particular. El primero empezaba allá, lejos, en esos lugares que muchos no recuerdan y que a la mayoría no importan, empezaba con el despojo, con el despojo material, con el despojo simbólico, con el despojo de la vida a quién se resistía a ser despojado y, porque no, a quién no se resistía también; empezaba con alianzas traidoras, con odio, con pilas de cadáveres y civilización, empezaba con la conquista del desierto y con el progreso, empezaba poco y terminaba con mucho, terminaba con todo.
Pero mi curiosidad no se dirigía exclusivamente a las fotos, quizá sea que al tocarme tanto quiero saber que piensa el que está al lado mirándolas, pero la experiencia me sopló al oído que no es necesario preguntárselo ni que emita juicio para saberlo –además de que no siempre se ha de confiar en que el juicio emitido es real- sino que basta con mirar las expresiones en el rostro, el juicio se emite primero con los gestos, como cuando ves un anciano en la calle torciendo la boca al ver un piercing en la nariz de alguien o como un joven frunce el ceño al ver a un par homosexuales de la mano. Así, como todo eso yo vi desentendimiento, vi enfado y vi exclusivo interés en la historia –interés neutral-, vi gente mirando las fotos de los inmigrantes trabajando en el país pero vi más mirando las de Perón con una especie de brillo extasiado en los ojos que evito juzgar, y vi chicos: -Pá, ¿Quién es Aramburu? –Aramburu fue un presidente que bajó a Perón. Y sigo con la evasión, y espero que ellos no estén mirando gestos ya que entre dos cosas que no se prefieren siempre hay una que se prefiere menos, y se me nota.
Una extraña organización en la cronología de las fotos me lleva intrigada al segundo salón,  el popurrí de imágenes se asemeja a mis sentimientos, observo algunas fotografías con rabia, otras desgarrada y con un destello de esperanza las menos. Por lo visto la exposición requiere algún tipo de entendimiento previo o al menos haber vivido en la Argentina, la nuestra tan vulnerable, tan aquí expuesta con toda su vergüenza y sin discreción. Veo una cacerola en primer plano sobre el fondo de la casa rosada, una panorámica de tres quintas con pileta del tamaño de una villa entera y al ex presidente Néstor Kirchner ordenando bajar el cuadro de Videla del colegio militar de la Nación. A pesar de la corrompida cronología la ordenación lógica hace presencia, su firme paso permite, con un mínimo de historia previa sentirse, al menos, impotente. Y veo a un manifestante siendo llevado a rastras por cinco uniformes -esos tan ambiguos- y abajo a Maradona, radiante en los festejos del mundial del ’78.
El cabildo copado, las banderas ondeando y abajo el detalle, “Asunción Raúl Alfonsín, 10 de diciembre de 1983” y en las siguientes el juicio a las juntas militares y en otra a Videla y Masera firmando su cadena perpetua, entonces esa no tan extraña sensación helada me sube por la espalda como un helado hilo que atraviesa mi columna vertebral y me hace aflorar la piel de gallina, me hace recordar lo que vino después de tamaño reconocimiento nacional y como para rematar, por si se me ocurría pasarlo por alto, veo una fotografía de Menem y Duhalde, otra de Menem y Alfonsín.
Curioso todo lo que unas fotografías pueden suscitar, lo que pueden enhebrar, no puedo evitar preguntarme como serán las que verán otros dentro de un par de décadas, como verán las que yo ahora y si todo esto servirá para algo, incitará algo, enseñará algo, ¿hemos aprendido algo? Déjenme soñar que no fue en vano.

miércoles, 27 de abril de 2011

Primeras veces

Todas las mañanas sentía esa fragancia, todas las mañanas al despertar era lo primero que olía y era un olor muy particular, amigable, hogareño, acogedor y solo lo sentía allí, en su hogar. Emergía desde los interiores de la casa misma como si toda ella, extraña criatura, inspirase y expirase, y ese dióxido de carbono saliera por las ventanas para volver a ingresar al hogar, limpio, a través de sus conductos nasales, fragante, acogedor…
Pero de esto habían pasado ya varios años, esa fragancia había desaparecido de su olfato aunque no de su mente ni de su recuerdo; había desaparecido llevándose con ella ese ámbito familiar, se había esfumado como si el mismo olor todo se lo hubiese llevado por los aires, se hubiese elevado y fundido con el cielo que ahora siempre permanecía gris para él, oscuro y extraño, hostil. Y hostil se sentía, ya no era el mismo, no entendía si la permanencia en el mundo no tenía sentido, si debía volver a buscarlos o si simplemente los sentidos habían desaparecido para él.
Una tarde, una copiosa lluvia de domingo lo obligó a retornar a la casa de su infancia debido a que la cercanía a la misma lo favorecía, o quizá fue la excusa que quiso imponerse aunque lo que lo urgía a volver era la atormentada mente. Recorriendo la solitaria casa en búsqueda de los vestigios de lo que había constituido tan feliz niñez, lo sintió nuevamente, el tan conocido y caluroso hálito que parecía provenir del cajón de la cómoda, así que lenta, aunque ansiosamente, extendió la mano para abrirlo y allí la vio, una solitaria, familiar, conocida, fragante y lustrosa pipa de cerezo con su tabaco a medio utilizar. La prendió, y fue como si todos los recuerdos y alegrías de la infancia estuviesen bajando por su esófago, como si viese nuevamente a su padre en la silla del comedor sonriéndole con la pipa en una mano mientras con la otra le extendía un plato con tostadas, como si pudiese nuevamente abrazarlo y decirle por una última vez cuanto lo amaba y cuánto lo iba a extrañar.

Lo que nunca escribiría




Me llamo Ayalén Monje, tengo 22 años y soy de Resistencia. Hace ya tres años que vivo en Capital Federal y este es el segundo que curso la carrera de Ciencias de la Comunicación.
Supongo que me mudé en búsqueda (o en espera)  de algo nuevo, la interminable consecución  de ciertas rutinas y cotidianeidades se vuelve tediosa y el tedio comienza en la acotada oferta académica que ofrece la Unne (cabe aclarar un cierto prejuicio de mi parte hacia las universidades privadas que me lleva a no considerarlas). Así que fue un conjunto de cosas lo que me trajo hasta acá y no me arrepiento en absoluto ya que encontré más de las que esperaba.
Con respecto a mis expectativas de la carrera, todavía no sabría muy bien como definirlas ya que a pesar de haber soñado siempre con ser una de esas personas que  sentían desmesurada pasión hacia algo y desde chicas sabían que querían ser en un futuro, jamás me pasó y elegí esta carrera de entre muchas otras que en su momento consideré. Lo único que siempre supe fue que no quería ser y que de entre las ramas de las ciencias, mi vocación se hallaba entre las sociales. Me gustan muchas cosas y, a su vez, no siento particular pasión hacia ninguna. La verdad es que a la carrera la elegí más que nada por una cuestión de contenidos, quería que me llenase en ciertas áreas y creo que es la única que puede hacerlo así que vengo con esperanzas, temores y deseos de quererla cada día un poco más.
Del taller en particular espero también mucho porque escribir y leer fueron las dos cosas que más me gustaron desde que la memoria me lo dicta y, aunque probablemente me toque vivir ciertas frustraciones de novata cuando me aboque a ello, estoy segura de que es algo por lo que nunca voy a perder el gusto y la seguridad no es algo común en mí.