Caminé por todo el perímetro del parque en búsqueda de alguna señal que me familiarizara con el terreno, observé detenidamente cada detalle y en vista de que ya no encontraría nada, me adentré por el único portón visible, bastante nuevo, bastante feo, tenía una estructura extraña, nunca antes vista. Pero lo peor era la casona, aburrida, común, sin terraza y con las columnas más feas que haya visto en mi vida, era simplemente de mal gusto…
Intenté por la puerta principal pero estaba trancada, además de mal gusto cuánta descortesía, quién hubiera pensado, que vergüenza. Igualmente no me resultó tan difícil abandonar esa horrorosa puerta verde, así que decidí probar suerte por la otra puerta que, si no me equivocaba, se hallaba al costado de la casona. No recordaba que el patio hubiera estado pintado de ese color y ¡vea usted que maleza! Cuánto descuido, alguien debía recibir una represalia. Si continuaba mirando, el corazón se me iba a acelerar aún más, mejor entraba a la casa y me tomaba unos mates con Saturnina, seguramente estaría más que feliz de verme, últimamente andaba requiriendo mi atención más que de costumbre, supongo que se sentía muy sola en una casa tan grande.
Había un par de sillas extrañas y un talonario absurdo. Extrañado, imaginé que los hijos de alguna de las criadas habrían estado jugando con ellos. A través del umbral, visualicé una vitrina pero no su brillante contenido así que me acerqué, intrigado. ¡Pero válgame Dios! Esto era el colmo de los colmos, ¿Cómo se supone que podría tomar mate si un inepto lo había colocado dentro de una vitrina? ¿Era esto una especie de juego macabro? ¿Los ingleses lo habrían puesto allí? Mi furia llego a tal punto que salí corriendo de allí, no podía soportarlo, todo era muy extraño, confuso ¿Dónde estaba mi mujer? ¿A dónde se habían ido todos?
Llegué a otra puerta y entré sin pensarlo, debía llegar al fondo de esto. La sala estaba en penumbras, gente extrañamente vestida y niños se hallaban allí, menos mi Saturnina, o las criadas, o quien fuera que yo pudiese llegar a conocer. Había tan solo dos personas iluminadas por quién sabe qué extraño artefacto y una gigantesca ciudad en miniatura. Con un rápido vistazo alcancé a reconocer el cabildo con mucho esfuerzo, era la ciudad de Buenos Aires. Ya no pensaba claramente, la cabeza me daba vueltas y cada cosa que veía me confundía más y más.
Comencé a notar que muchos se daban vuelta para mirarme, supuse que porque estaba parado en el medio del salón así que me senté a tratar de organizar mi mente. De repente, la muchacha iluminada se va. ¡Aaaaarghh! ¡Monstruo! Fue lo primero que atiné a gritar. La muchacha había vuelto pero tomada cómo rehén por dos horrorosas bestias deformes y nadie hacía nada. Jamás había visto bichos tales así que desenfundé mi arma dispuesto a rescatar a la muchacha iluminada. – ¡Papá, ese señor va a matar a los títeres!- fue lo último que escuché.
-Pero escúcheme, me parece que deberían intentar en el hospital o fijarse si no tiene algún tipo de documentación encima que lo identifique antes de llevárselo así cómo así, después de todo el arma era de juguete, no sé si la comisaría será el mejor lugar para el pobre hombre, definitivamente está confundido. –Está más que confundido señor, ¿no ve que está reclamando ser Cornelio Saavedra? El hombre está loco, eso está claro. Lo llevamos y vemos que hacemos con él después, de todas maneras dudo que usted ofrezca su casa para que pase la noche.
Hablaban de mí como si fuese idiota, que me tuviesen inmóvil no implicaba que no pudiese escuchar. Empecé a llorar bajito de la desesperación ¿Cómo iba a encontrar a alguien que me creyese si ni siquiera estaba mi amada Saturnina para reconocerme? Seguramente esta era una estratagema de los ingleses para llevar a cabo la invasión y yo había caído, quién supiera si alguien podría salvarnos ya. ¿Tantos esfuerzos por esta tierra habían sido en vano? ¿Toda la lucha y las muertas no habían servido de nada? La peor impotencia era el haber sido engañado, ni siquiera se me había permitido luchar como se debía, eso porque eran unas ratas traidoras, incapaces de pelear como cualquier hombre que se digne de sí mismo pelearía… Y lo que le habían hecho a mi casa… Y dónde estaba mi mujer… Comencé a llorar por lo bajito, el dolor de mi alma era tal que sentí mi corazón resquebrajarse.
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