Decía que la amaba, decía amarla cada vez más, gozar de su presencia aunque sea en la quietud eterna, en el silencio interminable, en la rabia impredecible, en la histeria no diagnosticable. Decía esperarla hasta cuándo fuese. Decía tomarse su tiempo, que pasa. Decía tanto y nada, callaba tanto como decía. Miraba menos de lo que hablaba. Decía palabras grandes, de compromiso sin compromiso, interminables. Palabras y más palabras. Silencio y más descenso. Decía… Vos no entendés nada, no ves nada, sigo tratando de descifrar que estás buscando en el abismo. Tu eternidad se cae a pedazos enfrente tuyo, se desangra en vida, se abre a la quietud infinita, a la paz inconcebible, se aferra desesperadamente a lo diario, no logra evitar el descenso y vos decís que para siempre. Decís amar y no te das cuenta que no existe, yo no, con ella no, conmigo no, la capacidad se desvaneció hace tiempo, si es que alguna vez hizo presencia. No, no estoy nunca sola, eso no es lo que me preocupa.
Las manos, los pies. Adhiriéndose a los muebles, al piso, no la dejaban mover, se aferraban, echaban raíces que nadie movería. Y era más fácil cobijarse allí, cual suspiro atrapado. Era mejor estarse quieta, sólo mover los ojos para vigilar, estarse tranquila, moverse lo menos posible. Y ella ganaba, siempre más tranquila, más paciente, escondida, aún más guardada, a sabiendas de que el ahínco culminaría en ella, y podría hablar, maldecir. Si se estaba quieta ganaba, si se movía también. Podía decirle cuánto le desagradaba, todo lo horrible, lo asqueroso que veía, todo lo insoportable, lo inconcebible, lo irreparable.
Ella intentaba arreglarlo, de eso se trataba. O al menos lo pensaba. Y en el arreglo, en la ficción aparecía él. Él que se quedaría del otro lado, que se quedaría arriba mientras estaba abajo. Al menos la aceptaba, al fin y al cabo era el único que la veía, que decía admirarla. Él que se contentaba con días de resentimiento, que soportaba las fulminantes miradas en el sopor de la tarde, en la humedad de la noche. Que sabía debía callar, no insistir, no intentar razonar. Cuánto más se acercaba más la distancia lo exprimía, y allí estaba.
La vez que intentó acercar una mano, el llanto, la luz asqueada en sus ojos. La repulsión tintineante, repicando a diario. Y allí estaba. De algo valdría, serían tres.