Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.

miércoles, 27 de abril de 2011

Primeras veces

Todas las mañanas sentía esa fragancia, todas las mañanas al despertar era lo primero que olía y era un olor muy particular, amigable, hogareño, acogedor y solo lo sentía allí, en su hogar. Emergía desde los interiores de la casa misma como si toda ella, extraña criatura, inspirase y expirase, y ese dióxido de carbono saliera por las ventanas para volver a ingresar al hogar, limpio, a través de sus conductos nasales, fragante, acogedor…
Pero de esto habían pasado ya varios años, esa fragancia había desaparecido de su olfato aunque no de su mente ni de su recuerdo; había desaparecido llevándose con ella ese ámbito familiar, se había esfumado como si el mismo olor todo se lo hubiese llevado por los aires, se hubiese elevado y fundido con el cielo que ahora siempre permanecía gris para él, oscuro y extraño, hostil. Y hostil se sentía, ya no era el mismo, no entendía si la permanencia en el mundo no tenía sentido, si debía volver a buscarlos o si simplemente los sentidos habían desaparecido para él.
Una tarde, una copiosa lluvia de domingo lo obligó a retornar a la casa de su infancia debido a que la cercanía a la misma lo favorecía, o quizá fue la excusa que quiso imponerse aunque lo que lo urgía a volver era la atormentada mente. Recorriendo la solitaria casa en búsqueda de los vestigios de lo que había constituido tan feliz niñez, lo sintió nuevamente, el tan conocido y caluroso hálito que parecía provenir del cajón de la cómoda, así que lenta, aunque ansiosamente, extendió la mano para abrirlo y allí la vio, una solitaria, familiar, conocida, fragante y lustrosa pipa de cerezo con su tabaco a medio utilizar. La prendió, y fue como si todos los recuerdos y alegrías de la infancia estuviesen bajando por su esófago, como si viese nuevamente a su padre en la silla del comedor sonriéndole con la pipa en una mano mientras con la otra le extendía un plato con tostadas, como si pudiese nuevamente abrazarlo y decirle por una última vez cuanto lo amaba y cuánto lo iba a extrañar.

Lo que nunca escribiría




Me llamo Ayalén Monje, tengo 22 años y soy de Resistencia. Hace ya tres años que vivo en Capital Federal y este es el segundo que curso la carrera de Ciencias de la Comunicación.
Supongo que me mudé en búsqueda (o en espera)  de algo nuevo, la interminable consecución  de ciertas rutinas y cotidianeidades se vuelve tediosa y el tedio comienza en la acotada oferta académica que ofrece la Unne (cabe aclarar un cierto prejuicio de mi parte hacia las universidades privadas que me lleva a no considerarlas). Así que fue un conjunto de cosas lo que me trajo hasta acá y no me arrepiento en absoluto ya que encontré más de las que esperaba.
Con respecto a mis expectativas de la carrera, todavía no sabría muy bien como definirlas ya que a pesar de haber soñado siempre con ser una de esas personas que  sentían desmesurada pasión hacia algo y desde chicas sabían que querían ser en un futuro, jamás me pasó y elegí esta carrera de entre muchas otras que en su momento consideré. Lo único que siempre supe fue que no quería ser y que de entre las ramas de las ciencias, mi vocación se hallaba entre las sociales. Me gustan muchas cosas y, a su vez, no siento particular pasión hacia ninguna. La verdad es que a la carrera la elegí más que nada por una cuestión de contenidos, quería que me llenase en ciertas áreas y creo que es la única que puede hacerlo así que vengo con esperanzas, temores y deseos de quererla cada día un poco más.
Del taller en particular espero también mucho porque escribir y leer fueron las dos cosas que más me gustaron desde que la memoria me lo dicta y, aunque probablemente me toque vivir ciertas frustraciones de novata cuando me aboque a ello, estoy segura de que es algo por lo que nunca voy a perder el gusto y la seguridad no es algo común en mí.