Todas las mañanas sentía esa fragancia, todas las mañanas al despertar era lo primero que olía y era un olor muy particular, amigable, hogareño, acogedor y solo lo sentía allí, en su hogar. Emergía desde los interiores de la casa misma como si toda ella, extraña criatura, inspirase y expirase, y ese dióxido de carbono saliera por las ventanas para volver a ingresar al hogar, limpio, a través de sus conductos nasales, fragante, acogedor…
Pero de esto habían pasado ya varios años, esa fragancia había desaparecido de su olfato aunque no de su mente ni de su recuerdo; había desaparecido llevándose con ella ese ámbito familiar, se había esfumado como si el mismo olor todo se lo hubiese llevado por los aires, se hubiese elevado y fundido con el cielo que ahora siempre permanecía gris para él, oscuro y extraño, hostil. Y hostil se sentía, ya no era el mismo, no entendía si la permanencia en el mundo no tenía sentido, si debía volver a buscarlos o si simplemente los sentidos habían desaparecido para él.
Una tarde, una copiosa lluvia de domingo lo obligó a retornar a la casa de su infancia debido a que la cercanía a la misma lo favorecía, o quizá fue la excusa que quiso imponerse aunque lo que lo urgía a volver era la atormentada mente. Recorriendo la solitaria casa en búsqueda de los vestigios de lo que había constituido tan feliz niñez, lo sintió nuevamente, el tan conocido y caluroso hálito que parecía provenir del cajón de la cómoda, así que lenta, aunque ansiosamente, extendió la mano para abrirlo y allí la vio, una solitaria, familiar, conocida, fragante y lustrosa pipa de cerezo con su tabaco a medio utilizar. La prendió, y fue como si todos los recuerdos y alegrías de la infancia estuviesen bajando por su esófago, como si viese nuevamente a su padre en la silla del comedor sonriéndole con la pipa en una mano mientras con la otra le extendía un plato con tostadas, como si pudiese nuevamente abrazarlo y decirle por una última vez cuanto lo amaba y cuánto lo iba a extrañar.