Ya el día puso mala cara cuando se levantó y, al verlo, igualmente decidió ir porque de todas maneras no tenía pinta de ponerse amable, solo esperaba que el desafío no la llevase a una caudalosa tormenta sin fin pero era un riesgo que debía correr si pensaba llevar a cabo la tarea encomendada. Así que se vistió despacito, oteando el pequeño trozo de horizonte que poseía a través de la ventana, esperando encontrar algún indicio celeste al final pero nada, y bueno, mejor eso a que salga el sol y la humedad recuerde al pegajoso verano ya superado y cansador, pensó.
La multitud de gente agolpada en la puerta la alertó, o la extrañó, o ambas. No esperaba encontrar un alma y menos aún dadas las condiciones climáticas así que se decidió por preguntar, que manera más rápida de resolver una duda. ¡Ajá! La respuesta le confirmó sus primeros pensamientos, dado que la apática señora no tenía idea de por dónde se ingresaba al museo, llegó a la brillante conclusión de que no estaban esperando exactamente para entrar y un cartel a su costado la hizo sentir un poco despistada: “Entrada al museo”, y la flecha, así que se burló de sí misma por lo bajo y pagó la simbólica entrada de $1 (un peso) pero no sin antes comentar el gentío del otro lado al señor de la entrada, solo para verificar la teoría, en efecto.
Todos los objetos de plata colocados en su vitrina le hizo pensar en lo distinto de tomar el mate hoy de esos lejanos días en los que nuestro país no estaba definitivamente conformado. El mate y la bombilla, la yerbera y la azucarera, todo de plata ¿signo de poder, mate más sabroso o simplemente una desmedida pasión por lo brillante? Quién sabe, probablemente el pobre metal haya abundado más que hoy día.
La disposición de variados y elegantes muebles y objetos de salón le recordaban la pequeña historia que le enseñaron en la primaria, las ilustraciones de los libros de suntuosos salones donde se juntaba a la gente que iba a visitarlo a uno, era la cúspide social de la casa, quizá uno tenía vedado el ingreso a otras habitaciones pero no a esa, que sin visitas era prácticamente obsoleta. A todo eso se lo recordaron también las citas de Alberdi en la pared de cómo se debía comportar uno en la visita a la casa ajena, y pensar que uno era juzgado en su completo ser según dicho comportamiento, por quizá una nerviosa primera vez.
Miró lo que seguía con cierto rechazo o, más bien, total rechazo, y vio el “furor de Rosas”, enormes pinturas, Rosas en platos, en peinetas, en cuadros, Rosas en todo y el gran “viva la confederación” por todos lados, más o menos lo mismo de siempre de estos casos sólo que él estaría orgulloso porque su posición no sería de imitador sino más bien de precursor. El siguiente salón no la tentaba mucho, ya le había entrado el gusto por los salones desiertos y el poder mirar a sus anchas lo que quisiese y como quisiese y la mujer sentada que atisbaba por encima del diario rompía la fantasía, no resultaba muy tentador, mostró desinterés y quedó ensimismada con esos aros tan extraños y con esas peinetas extra-large, eran las vitrinas al servicio de la coquetería femenina. Entendió un poco más lo inmensurablemente grande de las peinetas cuando leyó que el creador, la mente detrás de ellas convencía a las damas de que, cuánto más grande fuese la que llevasen en la cabeza, esto esta signo de alcurnia, distinción y clase y cuando no, queriendo demostrar lo que se tiene y lo que uno es (o lo cree o quiere ser), no todo cambió desde aquel entonces hasta hoy.
La infinidad de armas que vio a lo lejos despertó su prematuro interés desde la sala anterior, había más de las que hubiera imaginado y mucho más lindas, también. Les miró una a una las empuñaduras, los detalles, la cantidad de adornos que tenían, el trabajo puesto en ellas, las marcas, los tamaños y supuso que no era la única a la que le había pasado cuando leyó algo que, resumidamente, decía que más allá de la belleza y diseño de cada una, no se debía olvidar que habían sido creadas para matar ni para que habían sido utilizadas y allá arriba vio los fusiles: “utilizado en la guerra de la triple alianza”, “utilizado en la campaña del desierto”. La imagen cambió, ya no vio las armas, vio campos de batalla e inferioridad de condiciones, vio matanza, vio la historia repetirse. Repasó el salón final –con otra silenciosa pero más amable guarda sentada- con boleadoras, espuelas, estribos y monturas y salió medio atolondrada, al fin y al cabo, no había sido tan malo…