Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.

viernes, 13 de mayo de 2011

Crónica de crónicas

Ya el día puso mala cara cuando se levantó y, al verlo, igualmente decidió ir porque de todas maneras no tenía pinta de ponerse amable, solo esperaba que el desafío no la llevase a una caudalosa tormenta sin fin pero era un riesgo que debía correr si pensaba llevar a cabo la tarea encomendada. Así que se vistió despacito, oteando el pequeño trozo de horizonte que poseía a través de la ventana, esperando encontrar algún indicio celeste al final pero nada, y bueno, mejor eso a que salga el sol y la humedad recuerde al pegajoso verano ya superado y cansador, pensó.
La multitud de gente agolpada en la puerta la alertó, o la extrañó, o ambas. No esperaba encontrar un alma y menos aún dadas las condiciones climáticas así que se decidió por preguntar, que manera más rápida de resolver una duda. ¡Ajá! La respuesta le confirmó sus primeros pensamientos, dado que la apática señora no tenía idea de por dónde se ingresaba al museo, llegó a la brillante conclusión de que no estaban esperando exactamente para entrar y un cartel a su costado la hizo sentir un poco despistada: “Entrada al museo”, y la flecha, así que se burló de sí misma por lo bajo y pagó la simbólica entrada de $1 (un peso) pero no sin antes comentar el gentío del otro lado al señor de la entrada, solo para verificar la teoría, en efecto.
Todos los objetos de plata colocados en su vitrina le hizo pensar en lo distinto de tomar el mate hoy de esos lejanos días en los que nuestro país no estaba definitivamente conformado. El mate y la bombilla, la yerbera y la azucarera, todo de plata ¿signo de poder, mate más sabroso o simplemente una desmedida pasión por lo brillante? Quién sabe, probablemente el  pobre metal haya abundado más que hoy día.
La disposición de variados y elegantes muebles y objetos de salón le recordaban la pequeña historia que le enseñaron en la primaria, las ilustraciones de los libros de suntuosos salones donde se juntaba a la gente que iba a visitarlo a uno, era la cúspide social de la casa, quizá uno tenía vedado el ingreso a otras habitaciones pero no a esa, que sin visitas era prácticamente obsoleta. A todo eso se lo recordaron también las citas de Alberdi en la pared de cómo se debía comportar uno en la visita a la casa ajena, y pensar que uno era juzgado en su completo ser según dicho comportamiento, por quizá una nerviosa primera vez.
Miró lo que seguía con cierto rechazo o, más bien, total rechazo, y vio el “furor de Rosas”, enormes pinturas, Rosas en platos, en peinetas, en cuadros, Rosas en todo y el gran “viva la confederación” por todos lados, más o menos lo mismo de siempre de estos casos sólo que él estaría orgulloso porque su posición no sería de imitador sino más bien de precursor. El siguiente salón no la tentaba mucho, ya le había entrado el gusto por los salones desiertos y el poder mirar a sus anchas lo que quisiese y como quisiese y la mujer sentada que atisbaba por encima del diario rompía la fantasía, no resultaba muy tentador, mostró desinterés y quedó ensimismada con esos aros tan extraños y con esas peinetas extra-large, eran las vitrinas al servicio de la coquetería femenina. Entendió un poco más lo inmensurablemente grande de las peinetas cuando leyó que el creador, la mente detrás de ellas convencía a las damas de que, cuánto más grande fuese la que llevasen en la cabeza, esto esta signo de alcurnia, distinción y clase y cuando no, queriendo demostrar lo que se tiene y lo que uno es (o lo cree o quiere ser), no todo cambió desde aquel entonces hasta hoy.
La infinidad de armas que vio a lo lejos despertó su prematuro interés desde la sala anterior, había más de las que hubiera imaginado y mucho más lindas, también. Les miró una a una las empuñaduras, los detalles, la cantidad de adornos que tenían, el trabajo puesto en ellas, las marcas, los tamaños y supuso que no era la única a la que le había pasado cuando leyó algo que, resumidamente, decía que más allá de la belleza y diseño de cada una, no se debía olvidar que habían sido creadas para matar ni para que habían sido utilizadas y allá arriba vio los fusiles: “utilizado en la guerra de la triple alianza”, “utilizado en la campaña del desierto”. La imagen cambió, ya no vio las armas, vio campos de batalla e inferioridad de condiciones, vio matanza, vio la historia repetirse. Repasó el salón final –con otra silenciosa pero más amable guarda sentada- con boleadoras, espuelas, estribos y monturas y salió medio atolondrada, al fin y al cabo, no había sido tan malo…


miércoles, 4 de mayo de 2011

Visualizar la historia

La realidad es que pensaba entrar cual chico que se ve obligado a completar una tarea, un recorrido en un abrir y cerrar de ojos, un par de anotaciones como para tener algún material y ya, después vendría el desarrollo en casa pero esa idea no me disgustaba, el trago más incómodo ya lo habría pasado al tener que movilizarme hasta el centro cultural y haber recorrido esas infinitas salas con muestras que no llamaban mi atención; y no me habían llamado más de una vez, al punto de que cada vez que volvía a recorrerlas me debatía en la duda de si eran realmente muy malas, el arte visual no era lo mío o si necesitaba experiencia, aprender a catar antes de poder juzgar  -cosa que realmente no creía después de haber visto exposiciones de peluches mutilados, pero era necesario considerar el pensamiento para evitar caer en la “opinióncentrismo”-.

“Historia política, disenso estético”, admito que al leer el título le di una chance, y que al ver que la exposición era de fotografías le di otra. Así que ahí estaba, con salones repletos de historia y alguna que otra preferencia personal por alguno en particular. El primero empezaba allá, lejos, en esos lugares que muchos no recuerdan y que a la mayoría no importan, empezaba con el despojo, con el despojo material, con el despojo simbólico, con el despojo de la vida a quién se resistía a ser despojado y, porque no, a quién no se resistía también; empezaba con alianzas traidoras, con odio, con pilas de cadáveres y civilización, empezaba con la conquista del desierto y con el progreso, empezaba poco y terminaba con mucho, terminaba con todo.
Pero mi curiosidad no se dirigía exclusivamente a las fotos, quizá sea que al tocarme tanto quiero saber que piensa el que está al lado mirándolas, pero la experiencia me sopló al oído que no es necesario preguntárselo ni que emita juicio para saberlo –además de que no siempre se ha de confiar en que el juicio emitido es real- sino que basta con mirar las expresiones en el rostro, el juicio se emite primero con los gestos, como cuando ves un anciano en la calle torciendo la boca al ver un piercing en la nariz de alguien o como un joven frunce el ceño al ver a un par homosexuales de la mano. Así, como todo eso yo vi desentendimiento, vi enfado y vi exclusivo interés en la historia –interés neutral-, vi gente mirando las fotos de los inmigrantes trabajando en el país pero vi más mirando las de Perón con una especie de brillo extasiado en los ojos que evito juzgar, y vi chicos: -Pá, ¿Quién es Aramburu? –Aramburu fue un presidente que bajó a Perón. Y sigo con la evasión, y espero que ellos no estén mirando gestos ya que entre dos cosas que no se prefieren siempre hay una que se prefiere menos, y se me nota.
Una extraña organización en la cronología de las fotos me lleva intrigada al segundo salón,  el popurrí de imágenes se asemeja a mis sentimientos, observo algunas fotografías con rabia, otras desgarrada y con un destello de esperanza las menos. Por lo visto la exposición requiere algún tipo de entendimiento previo o al menos haber vivido en la Argentina, la nuestra tan vulnerable, tan aquí expuesta con toda su vergüenza y sin discreción. Veo una cacerola en primer plano sobre el fondo de la casa rosada, una panorámica de tres quintas con pileta del tamaño de una villa entera y al ex presidente Néstor Kirchner ordenando bajar el cuadro de Videla del colegio militar de la Nación. A pesar de la corrompida cronología la ordenación lógica hace presencia, su firme paso permite, con un mínimo de historia previa sentirse, al menos, impotente. Y veo a un manifestante siendo llevado a rastras por cinco uniformes -esos tan ambiguos- y abajo a Maradona, radiante en los festejos del mundial del ’78.
El cabildo copado, las banderas ondeando y abajo el detalle, “Asunción Raúl Alfonsín, 10 de diciembre de 1983” y en las siguientes el juicio a las juntas militares y en otra a Videla y Masera firmando su cadena perpetua, entonces esa no tan extraña sensación helada me sube por la espalda como un helado hilo que atraviesa mi columna vertebral y me hace aflorar la piel de gallina, me hace recordar lo que vino después de tamaño reconocimiento nacional y como para rematar, por si se me ocurría pasarlo por alto, veo una fotografía de Menem y Duhalde, otra de Menem y Alfonsín.
Curioso todo lo que unas fotografías pueden suscitar, lo que pueden enhebrar, no puedo evitar preguntarme como serán las que verán otros dentro de un par de décadas, como verán las que yo ahora y si todo esto servirá para algo, incitará algo, enseñará algo, ¿hemos aprendido algo? Déjenme soñar que no fue en vano.