Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Continuación II

Serían tres porque eso era lo único bueno en él, no intentaría librarla, rescatarla de dónde no se rescata, escuchar dónde no se oye nada. Encontrar algo dónde no se busca, no se mira, no se dice, no se calla. Yacería allí, expectante, cómo ella. Imperturbable, sin comprensión de nada, impasible, fuera de todo entendimiento, sin ella, con ella.
Largo era el tiempo para decidirse, él siempre esperaba, infinito, manipulable, previsible. Intentaría dormir un poco ahora que sus ánimos estaban más calmados. Intentaría no pensar, que gracia.
¡Las nueve! Y el despertador no había sonado. Se vistió deprisa, que lindo se veía. Se maquilló, intentó tapar esos surcos desagradables ¡Los dientes! Ojalá nadie se acercase mucho. Podría intentar con un chicle, o mejor no. Conteo, conteo, conteo, conteo, no. Y qué lindo se veía, mejor no. Y ella esperando, no. Y el agradable vacío, punto culmine de su escalada, no.
Siempre con la estúpida mueca, con esa mirada que para qué amiga, que para qué compañía, que para qué, para qué. Estúpida ella, podría haber ido sola…
Y caminó en su silencio, y en silencio la insultó, la ruta inmejorable que era mejor recorrer hablando que observando, que era mejor llenar con nimiedades para que la vigilancia no hiciera presencia. Y ella seguía sin entender cómo esa amistad se había ido menoscabando, y hacía preguntas, y se acercaba. Si supiera que con eso se alejaba, que con eso diferenciaba, invitaba al abismo, al odio, ese odio. Si supiera que ella descendía sola,  que no había manera de acompañar, que no entenderías, que no podrías aunque quisieses. Que alguna vez lo intenté y te cerraste en la ignorancia, y salí abatida, supe que allí ya no había nada. Yo lo había arriesgado todo, había creído en vos. Y vos intentaste reparar, menudo error.
El sudor que recorría su frente y la incomodidad ante el tumulto de gente la hicieron retroceder, repensar, y que para qué había ido. Podría haberse atrincherado en casa pero no, decidió hacerse la superada, decidió que no era para tanto, un momento que duró 7 minutos. Y miraban, y recorrían su rostro, y miraban, y cada vez más rápido, y susurraban, y las inmensas gotas se unían en el mar tempestuoso. Y que ella no estaba preparada, no con tanta gente, con tantos ojos. Quería observar sin ser observada, juzgar sin ser juzgada. Enfiló rápidamente hacia el baño y ya no era lindo, era asqueroso. Recorrió su cuerpo encontrando nada más que desidia. Trató de encontrar un ápice al cual asirse, una partecita soportable a la cual recordar. Que este corazón pare, latía a mil. Había hecho una elección, eligió no sentir antes que estallar. Había elegido, y había sido ella. No había estado sola, pero de todas formas había sido ella, no podía llorar por algo autoprovocado, no podía gritar si sabía que en el final, era su decisión. Tan culpable como ella misma no había otra. Y eso no le permitía llorar, y por eso le estallaba el pecho. Todo lo contenido, todo lo por venir, todo lo vivido y lo abandonado. Lo suyo pasando frente a sus ojos, y ella buscando el exilio definitivo, el momento en que nadie más la recordase, la molestase, perturbase su búsqueda. Ella no quería eso, quería otra cosa, quería más que nadie  y a la vez tan poco ¿Y cómo podría alejarla? Siempre había sido compañía, hasta en los momentos más solitarios, a cualquier hora, bajo cualquier condición, para recordárselo, para acompañarla en el descenso. Para demostrar lo inalcanzable, a lo que pocos accedían, los elegidos, los amigos del esfuerzo, de la pasión. Mejores que el resto, superiores a todos. Expirando los sueños de todos, aspirando a lo que nadie sabía. Sollozando cuándo nadie miraba. Mirando lo que nadie conocía, odiando. Altaneros cómo ninguno, con más miedo que nadie pero envidiados finalmente, quién no deseaba ser cómo ellos. Quién no daría lo que fuera. Ella, sin duda.

Era su confidente, aunque dijesen lo contrario, sin ella la mediocridad afloraría. Le indicaba los invaluables secretos, la rozaba continuamente susurrando palabras para unos pocos. Había sido seleccionada y por ello estaba orgullosa, por ello lucharía. Por eso se odiaba, cuándo no era lo suficientemente capaz, lo suficientemente fuerte, cuando no estaba a la altura de tamaño reconocimiento. Y ella que la miraba cómo si fuese menos, y él que la miraba y no lo veía pero no intentaba nada. Y ella que le decía cómo eran, que le decía alejarla, le decía, le gritaba, la insultaba, la amaba, la descendía, estaba. Estaba siempre. Estaba en todos lados. La hacía odiar, pensar, contar, juzgar, observar, elegir, la hacía superior, se hacían una en dos. Nunca dejaría que la alejasen, nunca podrían porque ella la acompañaba en el descenso, porque ella era lo único que aún contaba, por lo cual vivía ¿Cómo podrían hablar de eso cuándo ella era quién lo evitaba? Probada ignorancia, no podía escucharlos en su mediocridad, en su conformismo exasperante, en su rutinaria asfixia. Ciegos, incapaces de reconocer siquiera que los poseía enteramente, que ella era de las pocas que lograba vencerla, alejarla aunque fuera casi siempre. Aunque la llamase más que a los otros, aunque todo su ahínco fuera puesto para socavar todo por lo cual luchaba y vivía, aunque quisiera confrontarlas. Y a ellos los tenía tan atrapados que no podían verlo, ciegos, rumiando incansablemente palabras sin sentido, tratando de disminuirla porque ellos eran menos, eran nada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario