Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.

domingo, 21 de agosto de 2011

Proyecto narrativo final


Uno
Álgido malestar recurrente. Subió la calefacción y se volvió a recostar, eventualmente lograría dormirse, único consuelo.
Observó el reloj, se lamentó por lo bajo y descendió un poco más. Ella siempre esperaba, esperaba en todas partes. Era tan paciente… Sabía que en algún momento la tendría, pero no sería tan fácil,  sería tan sutil, iría menoscabando su resistencia cómo siempre hacía. Sabía que al menos sus pensamientos eran de ella, y a eso no había manera de cambiarlo. Y ella también lo sabía, había atravesado –y dedicado- una vida entera tratando de descubrir lo contrario. Siempre enfilaba hacia el mismo resultado y siempre descendía un poco más.

Dos
¿Por qué la miraban? ¿Por qué? ¿Qué era lo que observaban? ¿Qué buscaban? ¿Por qué reían? ¿Cuándo dejarían de reír, de sonreír, de murmurar, de cotillear, de señalar? Sólo entonces quizás lograría dejar de sollozar, de odiar. No podía evitarlo, odiaba. Odiaba intensamente, diariamente, rutinariamente. No era su culpa, la habían hecho odiar, ellos habían logrado que los odie inclusive cuando no los veía. Odiaba tanto… Y no podía siquiera acudir al único consuelo, no podía, sabía que aún peor afloraría el odio, se la tragaría en vida, que paradoja.
Dos en uno, uno en dos, base del pensamiento, acaparador de totalidades ¿Se estaría volviendo idiota? No podían decir que no lo intentaba. Y ella esperando, sonriente, desgraciada, miserable, alimentándose de su desgracia, aprovechando su rencor, insultándola si se acercaba. Dialéctica de su descenso, de su vida.

Tres
Decía que la amaba, decía amarla cada vez más, gozar de su presencia aunque sea en la quietud eterna, en el silencio interminable, en la rabia impredecible, en la histeria no diagnosticable. Decía esperarla hasta cuándo fuese. Decía tomarse su tiempo, que pasa. Decía tanto y nada, callaba tanto como decía. Miraba menos de lo que hablaba. Decía palabras grandes, de compromiso sin compromiso, interminables. Palabras y más palabras. Silencio y más descenso. Decía… Vos no entendés nada, no ves nada, sigo tratando de descifrar que estás buscando en el abismo. Tu eternidad se cae a pedazos enfrente tuyo, se desangra en vida, se abre a la quietud infinita, a la paz inconcebible, se aferra desesperadamente a lo diario, no logra evitar el descenso y vos decís que para siempre. Decís amar y no te das cuenta que no existe, yo no, con ella no, conmigo no, la capacidad se desvaneció hace tiempo, si es que alguna vez hizo presencia. Ella que apareció sin que lo note, que ya me domina, que no me dejaría nunca amarte, que ni a mí misma. No, no estoy nunca sola, eso no es lo que me preocupa.

Cuatro
Las manos, los pies. Adhiriéndose a los muebles, al piso, no la dejaban mover, se aferraban, echaban raíces que nadie movería. Y ella apoderándose cada vez un poco más, haciendo presencia completa, acaparándola, rodeándola. Pero a su vez le hablaba, la calmaba, le decía que era más fácil cobijarse allí, cual suspiro atrapado, le recordaba que nunca le había hecho algún bien salir, que siempre le faltaba más, que la perfección era un trabajo minucioso, lento. No podía salir en ese estado de dejadez, en qué pensaba. Era mejor estarse quieta, sólo mover los ojos para vigilar, para no dejarse vencer, estarse tranquila, moverse lo menos posible, controlarse. Y ella ganaba, siempre más tranquila, más paciente, escondida, aún más guardada, a sabiendas de que el ahínco culminaría en ella, que en algún momento su resistencia flaquearía, que la ansiedad la sobrepasaría, y podría hablar, podría maldecirla. La insultaría por sucumbir a la tentación, por no haberse resistido a ella. Si se estaba quieta ella ganaba, si se movía también. Y ella esperando el momento en que ocurriese para decirle cuánto le desagradaba, todo lo horrible, lo asqueroso que veía, todo lo insoportable, lo inconcebible, lo irreparable, lo instintual que era, claro que nadie la querría así.
 Ella intentaba arreglarlo, de eso se trataba. O al menos lo pensaba. Y en el arreglo, en la ficción aparecía él. Él que se quedaría del otro lado, que se quedaría arriba mientras estaba abajo. Al menos la aceptaba, al fin y al cabo era el único que la veía, que decía admirarla. Él que se contentaba con días de resentimiento, que soportaba las fulminantes miradas en el sopor de la tarde, en la humedad de la noche. Que sabía debía callar, no insistir, no intentar razonar. Cuánto más se acercaba más la distancia lo exprimía, y allí estaba.
La vez que intentó acercar una mano, el llanto, la luz asqueada en sus ojos. La repulsión tintineante, repicando a diario. Y allí estaba. De algo valdría, serían tres.
Serían tres porque eso era lo único bueno en él, no intentaría librarla, rescatarla de dónde no se rescata, escuchar dónde no se oye nada. Encontrar algo dónde no se busca, no se mira, no se dice, no se calla. Yacería allí, expectante, cómo ella. Imperturbable, sin comprensión de nada, impasible, fuera de todo entendimiento, sin ella, con ella.
Largo era el tiempo para decidirse, él siempre esperaba, infinito, manipulable, previsible. Intentaría dormir un poco ahora que sus ánimos estaban más calmados. Intentaría no pensar, que gracia.

Cinco
¡Las nueve! Y el despertador no había sonado. Se vistió deprisa, que lindo se veía. Se maquilló, intentó tapar esos surcos desagradables ¡Los dientes! Ojalá nadie se acercase mucho, no podía esconderlo. Podría intentar con un chicle, o mejor no. Conteo, conteo, conteo, conteo, no. Y qué lindo se veía, mejor no. Y ella esperando, no. Y el agradable vacío, la quemazón invadiéndola por dentro, punto culmine de su escalada, mejor no.
Siempre con la estúpida mueca, con esa mirada que para qué amiga, que para qué compañía, que para qué, para qué. Estúpida ella, podría haber ido sola…
Y caminó en su silencio, y en su silencio la insultó, la ruta inmejorable que era mejor recorrer hablando que observando, que era mejor llenar con nimiedades para que la vigilancia no hiciera presencia. Y ella seguía sin entender cómo esa amistad se había ido menoscabando, y hacía preguntas, y se acercaba. Si supiera que con eso se alejaba, que con eso diferenciaba, invitaba al abismo, al odio, ese odio. Si supiera que ella descendía sola,  que no había manera de acompañar, que no entenderías, que no podrías aunque quisieses. Que alguna vez lo intenté y te cerraste en la ignorancia, y salí abatida, supe que allí ya no había nada. Yo lo había arriesgado todo, había intentado introducirte en el camino de unos pocos, había creído en vos, en tu capacidad. Y vos no lo entendiste, intentaste reparar, menudo error.

Seis
El sudor que recorría su frente y la incomodidad ante el tumulto de gente la hicieron retroceder, repensar, y que para qué había ido. Podría haberse atrincherado en casa pero no, decidió hacerse la superada, decidió que no era para tanto, un momento que duró 7 minutos. Y miraban, y recorrían su rostro, y miraban, y cada vez más rápido, y susurraban, y las inmensas gotas se unían en el mar tempestuoso. Y que ella no estaba preparada, no con tanta gente, con tantos ojos. Quería observar sin ser observada, juzgar sin ser juzgada. Enfiló rápidamente hacia el baño y ya no era lindo, era asqueroso. El breve momento en qué se encontró soportable se había desvanecido, se había esfumado en cuánto había atravesado el umbral de su casa. Recorrió su cuerpo encontrando nada más que desidia. Trató de encontrar un ápice al cual asirse, una partecita soportable a la cual recordar. Que este corazón pare, latía a mil. Había hecho una elección, eligió no sentir antes que estallar. Había elegido, y había sido ella. No había estado sola, pero de todas formas había sido ella, no podía llorar por algo autoprovocado, no podía gritar si sabía que en el final, era su decisión. Tan culpable como ella misma no había otra. Y eso no le permitía llorar, y por eso le estallaba el pecho. Todo lo contenido, todo lo por venir, todo lo vivido y lo abandonado, lo deseado. Lo suyo pasando frente a sus ojos, y ella buscando el exilio definitivo, el momento en que nadie más la recordase, la molestase, perturbase su búsqueda. Ella no quería eso, quería otra cosa, quería más que nadie  y a la vez tan poco ¿Y cómo podría alejarla? Siempre había sido compañía, hasta en los momentos más solitarios, a cualquier hora, bajo cualquier condición, para recordárselo, para acompañarla en el descenso. Para demostrar lo inalcanzable, a lo que pocos accedían, los elegidos, los amigos del esfuerzo, de la pasión. Mejores que el resto, superiores a todos. Expirando los sueños de todos, aspirando a lo que nadie sabía. Sollozando cuándo nadie miraba. Contando cuándo nadie veía. Mirando lo que nadie conocía, odiando. Altaneros cómo ninguno, con más miedo que nadie pero envidiados finalmente, quién no deseaba ser cómo ellos. Quién no daría lo que fuera. Ella, sin duda.
Era su confidente, aunque dijesen lo contrario, sin ella la mediocridad afloraría, sería una más del montón. Le indicaba los invaluables secretos, la rozaba continuamente susurrando palabras para unos pocos. Había sido seleccionada y por ello estaba orgullosa, por ello lucharía, por ello se esforzaba a diario, se restringía a diario. Por eso se odiaba, cuándo no era lo suficientemente capaz, lo suficientemente fuerte, cuando no estaba a la altura de tamaño reconocimiento. Y ella que la miraba cómo si fuese menos, y él que la miraba y no lo veía pero no intentaba nada. Y ella que le decía cómo eran, que le decía alejarla, le decía, le gritaba, la insultaba, la amaba, la descendía, estaba. Estaba siempre. Estaba en todos lados. La hacía odiar, pensar, contar, juzgar, observar, elegir, la hacía superior, se hacían una en dos. Nunca dejaría que la alejasen, nunca podrían porque ella la acompañaba en el descenso, porque ella era lo único que aún contaba, por lo cual vivía ¿Cómo podrían hablar de eso cuándo ella era quién lo evitaba? Probada ignorancia, no podía escucharlos en su mediocridad, en su conformismo exasperante, en su rutinaria asfixia. Ciegos, incapaces de reconocer siquiera que los poseía enteramente, que los dominaba. Ella era de las pocas que lograba vencerla, alejarla aunque fuera casi siempre. Aunque la llamase más que a los otros, aunque todo su ahínco fuera puesto para socavar todo por lo cual luchaba y vivía, aunque quisiera confrontarlas. Y a ellos los tenía tan atrapados que no podían verlo, ciegos, rumiando incansablemente palabras sin sentido, tratando de disminuirla porque ellos eran menos, eran nada.


Siete
Hace días venía gritando cada vez más fuerte. Hace tantos días gritaba que ya se había conformado en un silbido constante, taladrando su mente, sus fuerzas. Si quería ser sincera, la pelea la agotaba. La angustiaba a tal punto que ya de ella no quedaba tanto, sólo las ganas de. Pero de ser, nada. La miseria inacabable en la que estaba sumergida pidió un descanso. Así que miró, siempre miraba. Miraba, pero no tocaba. Y no, y él, y… ¿Habría otro? Y ellos, y si igual la miraban, nunca sería bastante. Y lo lindo, si igual ya estaba feo ¿Y la lucha? Y si ya estaba agotada, si ya no daba más ¿Y lo que venía después? Y si ya lo estaba viviendo ahora ¿Qué de lo que vivía ahora? ¿Qué de eso? ¿Cuándo vendría el reconocimiento? ¿Cuándo lograría acercarse, siquiera?
Abrió la alacena. A sabiendas de que después no habría vuelta atrás, que se arrepentiría media vida. Pero ya no resistía. Y ella le gritó, advirtió, dijo que para qué todo, que no tenía sentido, que ya estaba un asco así, que por qué arruinarlo, que se mirase al espejo, que se contuviese, que qué había de la ruta en camino a la perfección, que no, no.
Agarró una, la pasó sin siquiera sentirla, agarró otras, y más. Mientras sollozaba, mientras se odiaba, hasta acabar la última, aunque ya le doliese la garganta. Hace tanto no percibía tal descontrol. Se miró el estómago y estaba deforme, hinchado. Se miró la cadera, y estaba más ancha. Y ella gritándole, la vergüenza, la debilidad, la mediocridad. Y ella contenta de su debilidad, la había escuchado, había sucumbido. Y ella desesperada del dolor y del fracaso, del arrepentimiento, con la vista nublada del llanto.
A tropezones se dirigió hacia el botiquín, debía calmarlo, debía calmar todo eso que brotaba desde adentro, debía silenciarlas, ya no las aguantaba, no escuchar, no sentir, no pensar. El asco que se daba, lo odiada que era, la repulsión autoprovocada.
Brotó cómo un inmenso mar de paz, de dolor atenuado, de desesperación líquida, corriendo entre sus dedos, sintiéndose tan tibia, tan serena, tan liberada. Se sentó en una esquina del baño dejándola correr.
Tan aplacado, y ellas, calladas. Y ella, sin pensar, aunque por una milésima de segundo fuera. En pausa infinita.

2 comentarios:

  1. Hola Ayaén,

    Comparando esta versión con la anterior, noté que son mínimos (específicamente, noto que agregaste la palabra "alacena" al final, quizás alguna más antes que estoy pasando por alto). sin embargo, se me ocurre que ya eso ayuda, sobre todo allí, sobre el final. Me parece bien, con pequeños detalles pienso que basta...

    Saludos,

    Emilia

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  2. Hola! Sí, lo releí un par de veces tratando de encontrar los puntos justos para agregar algunas palabras como en el final, al principio le quitaría todo sentido ¿no? También estuve releyendo algunas cosas para buscar que palabras, que no desentone. Como decís, todo eso lo tengo que agregar al proceso de escritura. Voy a hacer lo de las fechas también, gracias!

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