Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.

domingo, 24 de julio de 2011

Comienzos

Álgido malestar recurrente. Subió la calefacción y se volvió a recostar, eventualmente lograría dormirse, único consuelo.
Observó el reloj, se lamentó por lo bajo y descendió un poco más. Ella siempre esperaba, esperaba en todas partes. Era tan paciente… Sabía que en algún momento la tendría, pero no sería tan fácil,  sería tan sutil. Sabía que al menos sus pensamientos eran de ella, y a eso no había manera de cambiarlo. Y ella también lo sabía, había atravesado –y dedicado- una vida entera tratando de descubrir lo contrario. Siempre enfilaba hacia el mismo resultado y siempre descendía un poco más.
¿Por qué la miraban? ¿Por qué? ¿Qué era lo que observaban? ¿Qué buscaban? ¿Por qué reían? ¿Cuándo dejarían de reír, de sonreír, de murmurar, de cotillear, de señalar? Sólo entonces quizás lograría dejar de sollozar, de odiar. No podía evitarlo, odiaba. Odiaba intensamente, diariamente, rutinariamente. No era su culpa, la habían hecho odiar, ellos habían logrado que los odie inclusive cuando no los veía. Odiaba tanto… Y no podía siquiera acudir al único consuelo, no podía, sabía que aún peor afloraría el odio, se la tragaría en vida.
Dos en uno, uno en dos, base del pensamiento, acaparador de totalidades ¿Se estaría volviendo idiota? No podían decir que no lo intentaba. Y ella esperando, sonriente, desgraciada, miserable, alimentándose de su desgracia, aprovechando su rencor, insultándola si se acercaba. Dialéctica de su descenso, de su vida.

2 comentarios:

  1. Un comienzo que genera mucha intriga. Me gusta. Veremos cómo sigue...

    ResponderEliminar
  2. Gracias Emi! Estoy trabajando en ello a ver si puedo subir antes del martes. Es más lo que se borra que lo que se escribe...

    ResponderEliminar